viernes, 26 de septiembre de 2008

Un poco de jodido respeto

Van a por Marichalar. Van a por él. Se anuncia que los Borbones van a acusarle de adicto a la farla, de cocainónamo, hablan un lenguaje de vecindongas para conseguir la anulación matrimonial, se han despedido de la politesse. Van a desposeerle del título, aunque Jaime atesora más nobleza en la uña del meñique que todo el linaje contaminado de sus denunciadores. Tiene que sufrir el bochorno de ser afeado delante de sus hijos, los que con tanto arrojo arrancó del vientre avaro de doña Elena. Porque podrá decirse lo que se quiera, pero yo admiro a este hombre, que trepó a los lomos de la infanta y la fecundó, una tarea heroica, ahí es nada, a ver quién es capaz de repetirlo, y así se lo agradecen. La puso también a salvo del pavoroso feísmo de la ropa, lástima que ahora hayan recuperado los horrores de Pertegaz, cuyos diseños vienen con naftalina. Manolo Blahnik debería diseñar unos zapatos inspirados en Don Jaime, sería el mejor homenaje. Yo le he visto con mis propios ojos pasearse por la calle Serrano con su patinete eléctrico después del jamacuco, orgulloso, independiente, siempre dispuesto a salir adelante sin necesidad del servicio. Porque él es el tío más elegante de España.

Dicen que Marichalar está triste, como en un verso de Rubén, cariacontecido pero altivo, un poco agilipollado por esa isquemia tan inoportuna. Se le ha hecho un vacío social, a Él, que presidió los desfiles de la Alta Costura con ese mohín navarro. Han retirado su figura de cera –no tan distinta de la original– del salón de honor del Museo de Cera de Madrid, donde figuraba junto al resto de representaciones de los Borbones, y la han puesto en… “El Ruedo”, junto a los toreros. Pero Marichalar soporta esta y otras delirantes humillaciones con denuedo, con un perfecto nudo de corbata –es el mejor en esa lid–, sea de Hermés o colombiana. Estad seguros de ello.

Hoy se prefiere a friáticos bustos parlantes salidos de las cocinas del canal bloomberg o a deportistas insulsos, trepas obedientes y plebeyunos. Esa demora en abolir la ley sálica repele a quienes de verdad gustan de la paridad auténtica, de género, mental, deportiva… Lo que quieran.

Él revolucionó esa camada afectada de prognatismo y embotamiento con sus pantalones de paramecios, sus pashminas, sus capas españolas (que yo siempre he preferido a las bejaranas), sus elegantes abanicos de hombre, sus mocasines de colores locos, esos cuellos de camisa perfectos en cuyo dibujo está todo el pathos antiburgués del noble. Marichalar hacía acompasar su spleen con un formidable atrezzo, su capa era la del atormentado superhéroe. Su tragedia es más romántica que teratológica, atañe al alma antes que a su morfología.

Pienso en las farolas fernandinas, bajo cuyos haces de luz muere la vieja conspiración juanista, mientras acontece la noche del dandismo. Vino de París con la elegancia del Faubourg Saint-Germain y ahora escupen en su lámina de caballerazo. Sólo pido un poco de jodido respeto. Il n'y a pas de dandy heureux, está claro. Ya está bien de horteras, de trepas, de farsantes. No te vengas abajo, Jaime, estamos contigo.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Chinito tú

Hola, soy Millana y en este blog se escribe poco y cuando se escribe se hace sobre temas contrarrevolucionarios que soliviantan a mis camaradas o parrafadas sobre arte, política, deportes, y casi siempre con argumentos derechizantes.
Como donde vivo aún es verano voy a hablar de algo refrescante, extrovertido, fresh, y como mi papel en MILDRED es el de "la chica que escribe", por lo tanto la que toca los temas frívolos, sociales, pizpiretos, de escasa profundidad filosófica, pues voy a ejercerlo y van ustedes a leer un post sobre la "belleza" en el subconjunto "masculina" que a su vez entra en el subconjunto "tíos asiáticos".



El otro día fui al cine a ver una película sólo por el actor, no hacía eso desde que vi Cocktail en los ochentas. Me tragué Aliento, una peli del subgénero "Silencios y Miradas", de las que hace tiempo no me interesan porque la necesidad de ser estimulada y seducida por argumentos ha ido en detrimento de mi sensibilidad poética y mi antiguo gusto por la vaguedad insinuadora.
Vi esa peli por él y no me arrepentí en absoluto.

Es Chang Chen o Zhāng Zhèn, un ser, a mi parecer, de radiante atractivo y poderoso magnetismo sexual que además, por si fuera poco, es alto, bello y me sthendaliza.
Y eso que es taiwanés, de una raza que produce antítesis de Javier Bardem y Segio Peris Mencheta.
Creo que le amo.



Hablemos del Bello Asiático. No es muy alto pero está bien proporcionado y tira a ser más delgado que fuerte. Suele tener buen cutis ya que se afeita poco y ha comido apenas grasas pro-acneicas y polisaturados.
Suele tener los pies bonitos, algo anchos y de empeine alto, sanos, sin juanetes producidos por el mal calzado (no entiendo como no hay más bailarines de ballet clásico asiáticos, si ya tienen el pie hecho para ello sin necesidad de destrozárselo), no como los africanos, que les pido que me señalen un negro con pies bellos y me moriré tranquila sabiendo que nunca lo harán.

El hombre asiático, el bello, tiene los rasgos finos, no hay grandes narices ni rotundas barbillas con hoyuelo pero sí gozan de equilibrio, de frentes anchas, curvadas, labios bien dibujados, y todo ello distribuido con delicadeza sobre el lienzo de un piel esplendorosa, esas pieles que aunque te acerques con una lupa no encuentras un poro a la vista.

El bello asiático envejece bien, muy tarde, la piel asiática es mas dura, densa, y le cuesta perder turgencia y arrugarse. Por el mismo motivo es rarísimo ver asiáticas con celulitis.

El bello asiático (el que me gusta a mí, no los pop-idols anoréxicos de ahora que se tiñen de color pipí) tiene el pelo negro, lustroso, reflectante.

El bello asiático es una monería, y sí, pueden tener rasgos ambiguos, de mujer guapa, ya saben, la proporción áurea, la simetría, esas ciencias que explican por qué una cosa resulta bella y otra no tanto, todo está estudiado, se han cargado el misterio. Y no se confundan, aunque no es incompatible, un bello canónico no tiene por qué resultar morboso, sólo es bello y punto, placentero de mirar. Para morbo yo tengo a Vincent Cassel, y nada tiene que ver con el genotipo del que hablamos.
Cara de mujer guapa, sí, de ahí se entiende el furor que desata Johnny Deep por esos países, porque es un guapo de su estilo.

Defecto importante: el bello asiático actual viste mal, con excesiva modernidad y se peina aún peor.

Y aquí una selección sentimental:

Sabu

El Ladrón De Bagdag, me enamoré de Sabu siendo niña, como ella. Sabu fue el primer Mowgly cinematográfico, la primera ninfa masculina del cine y el primer sex symbol para bujarrones, después vino Sal Mineo, pero esa es otra historia.



Jason Scott Lee
El segundo asiático que me amorbó resulta que nació en Los Angeles de California y era de origen chino-hawaiano. Tiene cuello sexy, es fuerte y polivalente, vale para hacer de Bruce Lee en Dragon, polinesio antiguo en Rapa Nui o Mowgly en el Libro de la selva , como Sabu. Antes de terminar sobrehormonado haciendo pelis inaguantables de algo que intenta ser acción, puso voz al Stich de Lilo & Stich de Disney. Hoy en día es feo. Pero le tengo cariño.



Takeshi Kaneshiro 失约 - 金城武
El maravilloso, el perfecto, el asiático con nariz. Actor, cantante, modelo, imagen de Shisheido Homme, fetiche de Zhang Yimou y de todo lo que él quiera. Vale la pena ver la Casa de las Dagas Voladoras sólo para observar como la perfumada brisa hace danzar sus cabellos.




Takeshi es tan extremadamente guapo, tiene tanto ángel que no me voy a detener a hablar de él, miren sus anuncios, lo publicita todo en Japón, (como Carolina Cerezuela aquí) y juzguen. Comprobarán que es quizá un poco demasiado delicado, que no tiene el atractivo sexual de Chang Chen ni de lejos, pero es muy gustoso de mirar.


Haciendo muequitas:

Takeshi acaricia el trigo:

Melancolía y belleza en el autobús:


Y así hay varios, el mejor sin duda es mi amado Chang Chen, que en Aliento está glorioso, subidito de peso (se agradece en un chico de su complexión), nada lánguido y rapado. Este post es una excusa para ensalzarle, loarle, adorarle, ya que no puedo conocerle, amarle y lamerle.

Finalizo aclarando que aunque esta entrada es susceptible de crear debate sobre el carácter performativo del género, las construcciones corporales de la masculinidad, la metrosexualidad y otros temas espinosos de siempre actualidad, me veo obligada a insistir, curándome en salud, que estoy por completo a favor de lo que dice el Fary aquí:



(Transcripción: Yo de todas formas siempre he detestao... al hombre blandegue, el hombre blandengue. Eh, no sé, y además
también he podido analizar que la mujer tampoco admite al hombre... al hombre blandengue, además la mujer es muy pícara, muy pícara, valga la palabra, el sentido de la palabra porque como bien en otras ocasiones he dicho, eh, yo lo que más valoro en esta vida es la mujer, es la mujer y para mí tiene un sentido enorme, la vida tiene un sentido enorme con la mujer, sin la mujer la vida no tendría sentido, pero la mujer es granujilla y se aprovecha mucho del hombre blandengue, no sé si aprovecha o se aburre, y entonces le da capones y todo, porque es verdad, por eso digo que el hombre debe de eeehhh estar en su sitio y la mujer en el suyo no cabe duda, porque la mujer tiene de esos derechos que yo respeto y más tenía que tener porque la mujer se lo merece todo, pero amigo amigo el hombre nunca debe de...blandear, nunca de... debe de estar ahí porque además entre otras cosas creo que la mujer necesita ese pedazo de tío ahí. Y, al hombre blandengue le detesto, mmm, ese hombre de la bolsa, de la compra, ese hombre del carrito del niño con el coche y mmm, me parece bien, pero ya te digo que la mujer abusa mucho de eso, de la debilidad, de la debilidad del hombre.)

viernes, 12 de septiembre de 2008

MILF al poder

Después de la trifulca preliminar, los nominees para asaltar la Casa Blanca son los que queríamos en FULMERFORD: el mulato domesticado y el áspero republicano, el dialogante y el facha, aunque las facciones que encabezan sean de signo parecido y cueste ver las diferencias. Y demos gracias por habernos deshecho del esperpéntico Huckabee y de la criptolesbiana Hillary.
Decimos sin ambages que no soportamos a Obama, esa proyección de la psique WASP, y aunque el ideal civilizador sea que el negro empuñe mejor el tenedor del pescado que el bate de béisbol en el ghetto, en los USA los comensales sólo pueden alimentarse con las distintas especialidades derechistas, mejor o pero condimentadas, más o menos aceptables, pero en sintonía siempre con el empuje popular americano. ¿Cuáles son los méritos del cuarterón soñador? Ser negro. Para de contar. O sea que su ventaja procede de su pigmentación. Vaya un argumento racista: los ovarios marrones de Condoleeza trajeron guerra. Y no hablemos del segundo de Obama –Joe Biden–, un posh adicto al blazer con cara de cereal. Así no vamos a ningún sitio. Si estarán mal las cosas que Barbra Streisand cantará para el moreno para sacarle los cuartos a unos cuantos liberals de buen corazón y mejor billetera.

Allí la izquierda sólo está al alcance de los pijos, esas minorías instruidas de la costa Este que miran boquiabiertas a Europa y su destartalada Cultura, sobreeducados especímenes salidos de las cocinas humanísticas de la Ivy League y de los Colegios de artes liberales; o del hedonismo preapocalíptico de California, esa chusma bronceada que se enjuaga los dientes con cócteles de Mirabelle, y cuyo progresismo nace de una realidad que sólo conocen a través de los atlas ilustrados y de la que les separa un cordón sanitario de dólares y caras residencias. La basura blanca, los paletos que viven en caravanas y son pasto de los tornados, el Pueblo, en suma, se defiende como puede de las amenazas para la democracia, a saber: los mujaidines, la obesidad mórbida y la crisis subprime. No están solos, y hoy como ayer no se acostarán sin sentir la caricia republicana.

Un héroe de guerra viene en su rescate. No se sabe muy bien cómo alguien así se ha abierto camino en las filas republicanas. Se ha enfrentado con el establishment de su partido en temas como la guerra de Irak, las perreras de Guantánamo, la financiación de las campañas, la inmigración y la bajada de impuestos. Ni siquiera los charlys vencieron su fortaleza. Dicen que tiene mala leche y le gusta el vocabulario grueso (suele expresar su disconformidad con un sumario “que te jodan”). Llegó a decir que Chelsea, la hija de Clinton, era así de fea porque su padre era Janet Reno.

No hablemos ya de sus sucesivas esposas: modelos y herederas infartantes. «Vamos a arrebatar la política de las manos del Gran Capital y de los lobbyists que han corrompido Washington». Sí señor. Comparó a Bush con «el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león cobarde» del Mago de Oz. Así se habla. Si Obama ha venido a decirnos que un mestizo puede ser como nosotros, McCain nos recuerda que no está a nuestro alcance ser como él. ¿Hueles eso, hijo mío? Es Napalm.

Están cambiando los paradigmas, sí. Ahora que Paul Weller se ha hecho conservador y los establos de la derecha nunca olieron tan bien, llega Sarah Palin a sumarse a la Causa. Está llamada a ser una de las grandes. De joven fue una pageant que agitaba los pompones en la línea de banda, y hoy -con 44 tacos- empuña el rifle con mandíbula marcial. Está lejos de ser una hipócrita: ha entregado su primogénito al Moloch bélico, apechuga con la tripa de su hija menor de edad y tiene un pequeño con síndrome de Down. Aplaudimos esa honestidad tan demodé. Tribulaciones de madre, sí, pero el entusiasmo alivia el infierno familiar. La izquierda liberal, escarnecida, le reprocha su “escasa eficacia a la hora de promover la abstinencia sexual entre los jóvenes”, demostrando un penoso fariseísmo mojigato. Es un ejemplar perfecto de lo que los americanos llaman MILF (Mother I’d Like to Fuck), que en román paladino viene a significar mamá a la que me gustaría cariñosamente achuchar.

Esta miss boreal se ha enfrentado a los corruptos de su partido (incluido el jefe) y a las petroleras. Sus compañeros de partido la detestan. Va a taladrar hasta el último rincón del planeta para que los buenos americanos llenen sus chevys con gasolina barata. «Perfora, nena, perfora», aclaman sus bases. Es una chica sencilla: nada más tomar posesión del cargo de gobernadora, vendió la avioneta de su antecesor en eBay. A pesar de portar la montura de gafas más horrorosa de la historia, sigue estando guapa. A pesar de haber parido en cinco ocasiones, sigue estando guapa. Su estofado de alce debe de ser delicioso. Se le acusa de fanática religiosa y de defender la enseñanza del creacionismo en las escuelas pero, francamente, no me parece un buen mensaje para los escolares decirles que están emparentados con los monos, es mejor que se tengan por imágenes de Dios –que es lo que la Publicidad graba a fuego en sus cabecitas y termina por funcionar más cabalmente–, al fin y al cabo el desaforado adolescente es imitativo y mitómano, no hay más que ver a esas chicas emulando a Lindsay, y es muy desalentador reconocerse como simio evolucionado. La han acusado de cortejar al lobby israelí, pero se ha sabido que su visita al Comité Americano Israelí de Asuntos Públicos fue para tranquilizarlos: en su iglesia evangélica de Alaska se atribuyeron los atentados del 11-S a un castigo de Dios contra los judíos. Sarah se mueve en la electricidad del creyente. Es posible que la derecha religiosa amenace a los osos polares, pero las hockey moms están más buenas que éstos.
Ella sabe que la milicia de ciudadanos armados nunca verá su libertad amenazada y obra en consecuencia. Un rifle es más fiable que las pulseras electrónicas que Esperanza Aguirre pone a los maltratadores. Aquí no hay nada que se le parezca, confórmense con Bibi Aido o Leire Pajín. Y no hablemos ya del PP, donde el único ideal es llenarse el bolsillo.

Teniendo en cuenta que McCain es un septuagenario, podría perfectamente darse el caso de que Palin fuera presidenta de los USA. Entonces sí que iba a temblar el misterio. Nos enfrentamos a una era de tinieblas y misticismo, la tiranía de los hombres malos amenaza el camino del hombre recto. Ella nos sacará de este Valle de Oscuridad, porque ella es la descubridora de los niños perdidos. Huele a libertad y a segunda enmienda, no se arredra ni ante la malvada Rusia. Nunca le arrebataréis su rifle. Hoy damos vivas a la Democracia. El coronel Custer volverá a hacer surf en la tabla del teniente Kilgore. Sí, ya sé que os parece horrible, pero me importa un bledo: Sarah Palin for president!

jueves, 31 de julio de 2008

Party Animal

Ya no los hacen así. Señálenme algo parecido entre el vertedero de las celebrities y me retractaré avergonzado. A mí me ganó con aquella instantánea de rabioso blinblineo y sandungueo, por utilizar la sabrosa jerga de la brown people, en la que posaba vestido de rojo, acicalado con un cinturón de balines y un bastón rociero. El dress code festivo es ahora un horror que se inspira en los macarras lifestyles de los futbolistas saliendo de Gabana. Alfonso de Hohenlohe fue un bon vivant con pedigrí (de los que se han extinguido), dinamizador de la jet, enemigo del mal gusto e inventor de una utopía de lujo y fiesta, alérgico al mármol sin pátina con que Jesús Gil forraba tardíamente la línea de playa de su caliente Biarritz personal.


Todos los motines le arrebataron algo a este príncipe austrohúngaro. Los soviéticos sus posesiones en Checoslovaquia, la revolución mexicana las correspondientes a Centroamérica. La guerra civil también menoscabó su fortuna. Pero nuestro hombre no se arredró, cayó siempre de pie y animó a los apellidos del Gotha instalarse en su rincón de sol, una salvedad de yates y jazmines. Se inventó Marbella, a donde llegó la sangre cansada europea, pero también el dinero árabe. Gotha cayó bajo la bota bolchevique, pero la Europa linajuda excitó su melanina en cambio de los valses, cambiando las perlas por los los meyba. Fue allí donde Margarita de Inglaterra comenzó su depredación sexual de carne joven. Atrajo a artistas, millonarios, princesas sin trono, magnates, estrellas de cine, hasta que la chabacanería lo empujó a la sierra rondeña. Como Luis de Baviera, que ajeno a la suciedad política se aferró a sus castillos imposibles, su escapismo recreó una Andalucía portátil con lagos de truchas, viñedos de fábula, un coto de perdices y una biblioteca culta.

«Me he mirado en los ojos de las mujeres más bellas», llegó a confesar. Y no mentía.
Este rey de la fiesta fue un duermemozas magnífico que entretuvo en sus brazos a animales como Ava Gardner y Kim Novak. De los lomos de Heidi Balzar obtuvo una criatura. Bailó con la princesa Soraya. Enumerar sus conquistas sería trabajoso, pero este playboy nunca tuvo un casamiento feliz. Su primera mujer, Ira de Fürstenberg –agraciada con el ajuar formidable del dinero de los Agnelli– se fugó con el playboy brasileño Baby Pignatari –que siempre se desplazaba en su avión privado con una vaca suiza para beber la mejor leche–. Se habían casado en Venecia, con unos esponsales de varios días, una dilatada locura similar al Sposalizio del Mare, un desparrame de lujo y dinero. Su segundo matrimonio (en Las Vegas), con Jackie Lane (¡23 años más joven!, a los hombres les gusta castigar su próstata), duró poquísimo. El tercero y último (con Marilys Haynes) acabó mal: su esposa se suicidó en su cortijo de Ronda tras ingerir tranquilizantes con la cabeza envuelta en una bolsa de plástico. El macho festejado encaraba la peor forma de abandono.

Fue además un intrépido empresario que comprendió que el dinero dinástico detenido cría telarañas y trae la decadencia a los escudos. Creó la Marbella de los 40 –hostil al colosalismo hortera de Benidorm–, llevó la Volkswagen a México y trajo la Volvo a España. Siempre se jactó por encima de todo de ser un empresario trabajador, algo que le distanciaba de esos arquetipos bronceados de hábitat nocturno. Y se hizo respetar por sus empleados: el maître de su Marbella Club era militante del Partido Comunista, y las belicosas Comisiones Obreras de entonces llegaron a otorgarle el premio al mejor empresario. La sensibilidad social puede aliñarse con la rumba.

Entre sus méritos se cuenta la divertida divulgación del pádel en España, adaptando y mejorando las normas para su disfrute por parte de estadistas liberales y clases medias prisioneras pero contentas en la urbanización.

Claro que la decadencia llegó con las hormigoneras, y tipos como Kashoggi ahuyentaron a los refinados, que vieron peligrar sus vernissages semiprivadas. Aquella piscina de Cocoon fue pasto de la horterada. Alguien como Alfonso, que antepuso el placer a la ambición, se despidió de las fiestas con mariachis. Huyó de la plaga y se encerró en su cortijo, pero la economía no debía de ser muy boyante cuando tuvo que pasar por la humillación de alquilárselo a Mari Cielo Pajares para su boda. No hay rockero feliz al despedirse, y padeció la derrota total. Los nuevos inquilinos de su Habana eran Belén Esteban y Rappel, mientras el príncipe se extinguía en soledad. Atrás quedaban los tiempos en que nuestro héroe brillaba con chilaba en el Mau-Mau.

domingo, 20 de julio de 2008

Cuando Pla encontró a Millana

En uno de estos días de últimamente, donde paso el 80% de mi tiempo tumbada a la bartola, ya sea en casa o en la playa, posponiendo planes y obligaciones, urdiendo posibles y aplazándolos, cómoda y al mismo tiempo incómoda en mi diletancia, con la mala conciencia de no haber hecho los deberes y la pereza paralizadora que me impide poner fin al loop, voy y leo esto:

Días estériles, perdidos, irremediablemente perdidos, pasados en medio de una nebulosidad y una divagación sin fin, la dificultad de concentrarme en algo me da fiebre. Si toda la vida es como esto que se llama juventud, es una triste vida.

Clarividente, es Josep Pla, su cuaderno gris, una delicia. Os lo recomiendo y os pido que os libréis del prejuicio superlefty de "Josep Pla: Conservador Catalan Cascarrabias", de esa rectitud moral que os impide leer a escritores que creéis que no comulgan con vuestras ideas, y de esa necia necesidad que tienen los puros de intentar identificarse con lo que leen, con quien lo escribe y comparar afinidades. Con esas cribas la lleváis clara, os perderéis mucho, no se le puede pedir el carné del partido a todo el mundo, camaradas.

Para crear debate, un botón de muestra más, escrito en 1918 por un Pla de 21 años:

Insomnio. Pienso en la tendencia de la gente de aquí, sobre todo de la gente más inteligente, a la limitación, a no querer ser nada, a huir de cualquier responsabilidad. De joven, todo el mundo, más o menos, tiene una llamarada de vanidad, que generalmente no dura. Si en algunas, escasísimas personas, dura, está considerado como un síntoma de estupidez considerable. La gente de aquí quiere: a) vivir bien; b) vivir bien en su casa o haciendo una vida absolutamente privada; c) interpretar las cosas con el pie forzado de los intereses personales exclusivos, d) no ser importunada por cosas ajenas a la propia voluntad. Este fondo de individualismo me gusta. Tiene un gran defecto, claro: la imposibilidad que la gente tiene de relacionarse hace que, prácticamente, sea imposible la vida social. Lo que se encuentra mas a faltar, en el país, es la conversación, la higiénica volubilidad de la relación social. Puesto a elegir, sin embargo, entre la conversación y la libertad -la libertad solitaria- me quedaría, siempre, con la libertad.

¿Y ustedes con qué se quedarían?

jueves, 10 de julio de 2008

Un arte para la guerra

A pesar de que el gusto del Poder ha estado siempre del lado del clasicismo, hubo un tiempo en que se involucró en el patrocinio de la vanguardia. Colocar junto a los clásicos a los «vagos y chiflados modernos», esos «embadurnadores y desertores de la brocha gorda», equivalía para Truman a poner a Lenin al lado de Cristo. Lo que no sabía el responsable del socarramiento a l´ast de un buen puñado de amarillos en Hiroshima y Nagasaki era que Lenin llamó vándalos a los artistas de vanguardia que pintaron de violeta el césped del Kremlin en los días posteriores a la Revolución de Octubre.


La mayoría de los norteamericanos, al alimón con los capitostes nazis, asociaban el arte abstracto y demás manifestaciones experimentales con tendencias subversivas, cuando no degeneradas. De modo que la vanguardia artística emigrada se encontró con que la tierra de promisión denostaba las libertades que se tomaban, nada sorprendente si tenemos en cuenta el fundamentalismo de tipos como McCarthy. El colmo de estas actitudes queda bien ejemplificado en personajes como George Anthony Dondero, un senador republicano de Michigan, para quien el Arte Moderno –«nauseabundo»– formaba parte de una conspiración comunista a nivel mundial para socavar la moral americana, llegando incluso a enfrentarse a Eisenhower a propósito de una visita realizada por éste al Museo de Arte Moderno. Dondero obtuvo la Medalla de Oro del Consejo de Bellas Artes, bien merecida si atendemos a la lírica descripción de las vanguardias que acuñó: «Todo el arte moderno es comunistoide (...). El cubismo pretende destruir mediante el desorden calculado. El futurismo pretende destruir mediante el mito de la máquina... El dadaísmo pretende destruir mediante el ridículo. El expresionismo pretende destruir remedando lo primitivo y lo psicótico. El arte abstracto pretende destruir por medio de la confusión de la mente... El surrealismo pretende destruir por negación de la razón». Así pues, el panorama amenazante descrito presentaba los cafés de artista y otros cenáculos plásticos como peligrosos nidos de subversión. El pánico cundió tanto que la idea general fue que los artistas ultramodernos eran utilizados como armas del Kremlin, ya que ¡las pinturas abstractas eran en realidad mapas secretos que indicaban las defensas estratégicas de los EE.UU.! La realidad supera la ficción, y la trama argumental urdida por Graham Greene en Nuestro hombre en La Habana, donde el aspirante a espía hacía pasar los dibujos técnicos de una aspiradora como los planos de una bomba, se convertía en plot device verosímil. Para el demócrata Harold Harby, «el arte moderno es en realidad un medio de espionaje. Si se conoce la forma de interpretarlos, los cuadros modernos revelarán los puntos débiles de las defensas norteamericanas, y otras construcciones fundamentales como la presa Boulder». Sirvan estas palabras para iluminar el estado de paranoia política en que estaba inmersa la sociedad estadounidense.

Las primeras víctimas de la razzia fueron los así llamados expresionistas abstractos, que en su mayoría tenían un pasado izquierdista. El mismo Jackson Pollock había estado relacionado con el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, famoso por sus simpatías comunistas, por no mencionar a quienes directamente militaron en la Causa, como Adolph Gottlieb, posteriormente feroz anticomunista, y William Baziotes.

Lo curioso es que la élite cultural americana ponderó de manera contraria el expresionismo abstracto. Para aquélla, expresaba una ideología abiertamente anticomunista: la ideología de la libertad y de la libre empresa. No era figurativo y podía oponerse al áspero realismo socialista, de manera que los soviéticos no tardarían en odiarlo. Pero además era específicamente norteamericano, «expresión auténtica, independiente y autóctona de la voluntad, el espíritu y el carácter nacionales». El arquetipo del gran pintor americano, según Budd Hopkins –un artista bizarro o caradura conocido sobre todo por su interés en la ufología–, era Pollock. «Ese arquetipo tendría que ser un verdadero americano, no un europeo transplantado. Y debería tener las virtudes viriles del hombre americano –debería ser un americano pendenciero, mejor: de pocas palabras, y si es un cowboy, mejor que mejor–. Ciertamente no debería ser del Este, ni nadie que hubiese estudiado en Harvard. No debería estar influido por los europeos en el mismo grado en que esté influido por los nuestros, los indios mexicanos y estadounidenses, etc. Debe surgir de nuestro propio suelo, no de Picasso ni de Matisse. Además se le debe permitir el gran vicio americano, el vicio de Hemingway: ser un borracho». Así, un tío que dirige la Intruders Foundation, especializada en abducciones alienígenas, daba carta de naturaleza a un naciente movimiento artístico y a su paradigma.
Pollock encajó muy bien en esa descripción: había nacido en un rancho de ovejas en Wyoming y se abrió paso en la escena artística neoyorquina como un vaquero, gritando, bebiendo y pegando tiros como en el Far West. La verdad es que Jackson salió de Wyoming siendo un crío y que jamás había montado a caballo, pero su imagen mítica resultó demasiado poderosa como reclamo, como representación del gran mito americano del personaje solitario e intrépido. Su técnica pictórica, el action painting, consistía en poner un lienzo de grandes dimensiones en el suelo y hacer gotear pintura por la superficie. En esa orgía extática de líneas y manchas delirantes América se reinventaba, azuzado en el proceso por el alcohol. Donde algunos hablaron de picassos derretidos, otros veían la representación de unos EE.UU. vigorosos y grandes. EE.UU. y Nueva York eran el centro del mundo político, económico y cultural. Una potencia así necesitaba de un arte a la altura de su status, como lo fue Giotto para Florencia. El expresionismo abstracto adquiría así responsabilidades imperiales.

No obstante tuvo que vencer algunas dificultades. En un principio se consideró que el expresionismo era subversivo y antiamericano, una manera de decirle al mundo «que el pueblo americano estaba desmoralizado, roto». El tosco pero sincero senador Brown lo expresó con pedestre sencillez: «Si alguien piensa que este tipo de chorradas hacen que se entienda mejor el estilo de vida americano deberíamos enviarlo al manicomio de donde han salido los que han inventado esto». Una conclusión a la que no costaba en absoluto llegar, y que estigmatizó el arte de vanguardia como antiamericano, como Kulturbolschewismus. Para los rusos, los Estados Unidos eran un desierto cultural, y los políticos parecían confirmar esta idea. Así que quienes querían que el expresionismo abstracto fuera la expresión de la grandeza y libertad de los EE.UU. recurrieron a la CIA para dicha tarea. Y todo hubo de hacerse en secreto, a espaldas del Congreso. La democracia desafiaba la transparencia que predicaba de sus procesos. No sólo con tanques se podía hacer la guerra a los rojos y la mayor operación de dirección del gusto cultural tuvo a una agencia criminal por espónsor.

La CIA recurrió para ello al sector privado, pues los museos eran privados en su mayoría, como también su financiación. El más importante era el Museo de Arte Moderno de Nueva York (el MoMA), que tuvo como presidente en los 40/50 a Nelson Rockefeller, un firme entusiasta del expresionismo abstracto como «pintura de la libre empresa». Su madre entendió muy bien que los rojos dejarían de serlo si se reconociesen y valorasen sus méritos artísticos. Para las elites dirigentes empezó a ser rentable sufragar a los artistas de izquierda para acallarlos. Así, el MoMA empezó a comprar desde 1941 cuadros de Gorky, Calder, Stella, Motherwell, Pollock o Gottlieb, adquisiciones efectuadas a pesar de la oposición de los poderes políticos y cuestionadas incluso por miembros del Comité de las Colecciones del museo que definieron los principios rectores del MoMA así: «improvisación como método, deformación como fórmula, y pintura como diversión manipulada por decoradores y vendedores impacientes». Recordemos que el genio fotográfico de Cecil Beaton incorporó un lienzo de Pollock como background para una de sus fotografías de moda para Vogue. A ello hay que sumar la oposición de los propios artistas americanos, con Edward Hopper a la cabeza, que firmaron el Manifiesto de la Realidad.
Un crítico de arte alcohólico y amigo de las peleas llamado Clement Greenberg señaló que las premisas del arte se habían radicado en EE.UU. a la par que el poder político y el poderío industrial. Él fue el crítico que se desvivió por alentar el expresionismo abstracto. Fue también él, dentro de un apoteósico antimarxismo, afirmó que la vanguardia había sido abandonada por aquellos a los que pertenecía: la clase dirigente, a la cual aquella se subordinaba mediante el dinero. Tom Braden estaba muy de acuerdo con la idea de que sin millonarios –ni papas– no existiría el arte, de que los artitas progresistas necesitan de una elite que los subvencione y que el público debía ser educado para que aceptase lo que tenía que aceptar. El animador áulico volvía al primer plano al precio de su obediencia.

Un agente de la CIA dijo felizmente que el expresionismo abstracto fue inventado por la CIA. Y así fue. Era el arte más diametralmente opuesto al realismo socialista y merecía por ello ser apoyado por la CIA, aunque indirectamente, bajo las tapaderas adecuadas y sirviéndose a menudo de artistas más próximos a Moscú que a Washington. Una de las mejores tapaderas fue el MoMA, una institución puesta al servicio del programa gubernamental de guerra cultural, en cuyos consejos y comités se multiplicaban los vínculos con la CIA (el propio Nelson Rockefeller fue director de la Inteligencia durante la guerra en Latinoamérica y asesor de Eisenhower sobre estrategias bélicas de la guerra fría desde 1954, con su Doctrina de Represalias Masivas.) Consejeros y directores del museo se prestaron a participar en las diversas tapaderas culturales de la CIA en la guerra fría: John Jock Hay Whitney, amigo de Rockefeller, fue consejero y presidente del MoMA y miembro del Consejo de Estrategia Psicológica. Uno de sus amigos, William H. Jackson, fue subdirector de la CIA, y William Burden, que presidió la Fundación Farfield de la CIA, llegó a ser director del museo en 1956. La lista es larga, interminable: Wiliam Paley, también consejero del MoMA, propietario de la CBS y amigo de Allen Dulles, dio cobertura en su emisora a los agentes de la CIA, y Henry Luce, el dueño de la revista Life, dedicó sus páginas centrales a Pollock, difundiendo las obras del artista en los hogares americanos. No es así de extrañar que el magno Gore Vidal manifestara en una ocasión que todo «tenía tantas vías de relación e nuestra república inesperadamente jacobita que ya nada nos sorprende». Todos se conocían y todos estaban social o formalmente relacionados con la CIA. Habría que esperar a 1974 para que estos rumores fueran puestos por escrito en un artículo de Eva Cockroft en Artforum titulado Expresionismo abstracto: arma de la guerra fría y en el que podía leerse lo siguiente: «Las relaciones entre la política cultural de la guerra fría y el éxito del expresionismo abstracto (...) fueron conscientemente creadas en aquella época por parte de algunas de las figuras más influyentes que controlaban las políticas de los museos y que abogaban por una táctica ilustrada en la guerra fría para seducir a los intelectuales europeos». La revista comunista Masses & Mainstream atacó al MoMA hablando de dólares y garabatos.

La exportación a Europa del expresionismo abstracto, símbolo de democracia, no tardó. Se patrocinaron exposiciones en Roma, Bruselas, Londres y... París, donde la suspicaz intelectualidad apeló al chovinismo denunciando el Musée d´Art Moderne como territorio americano. Los fondos para la organización, transporte y publicidad fueron aportados por la Fundación Farfield. Los lienzos eran tan grandes que hasta hubo que serrar las puertas de los museos en medio de cantos a las dimensiones y la violencia del lejano Oeste. Mientras, los informalistas europeos se sentían empequeñecidos, algunos críticos hostiles con el abstracto recibían amenazas de muerte y Peggy Guggenheim mostraba su estupefacción porque el Arte se había convertido en un gran negocio. Los artistas presuntamente apolíticos callaban ante la instrumentalización de la Escuela de Nueva York en la retórica de la guerra fría y Rothko y Gottlieb se implicaban a fondo en la persecución del comunismo en el arte. Sólo Ad Reinhardt siguió siendo izquierdista, participó en la Marcha sobre Washington de 1963 por los derechos de los negros y tildó a Rothko de «fauvista de agua dulce de la revista Vogue» y a Pollock de «culo de Harper’s Bazaar» y fue por ello olvidado mientras el resto de «Irascibles» alcoholizados se hacía construir casas en Cape Cod y los Hamptons, posando para Vogue como prósperos agentes bursátiles. No es posible desvincular a la mayoría de ellos de sus voluntarias filiaciones políticas, aunque el hecho de que EE.UU. se convirtiera por aquellos días en el imperio cultural les afectó de lleno.

La CIA fue el más importante crítico de arte en los EE.UU. en los años 50, comprendiendo obras incomprensibles y desagradables para el establishment político hechas por artistas de izquierda y utilizando en su provecho el enorme potencial de este arte. La mordaz ironía de Tom Wolfe señaló que era a «los interioristas a quienes de verdad encantaba usar pinturas expresionistas abstractas dotadas de aquellas áreas planas de brillantes colores que decoraban la monótona blancura de los apartamentos entonces de moda». Pero habría de ser el mercado el que restituyera las cosas a su lugar. Los coleccionistas siempre preferirán el arte realista y la figuración, y entonces surgió el Pop Art y los jóvenes artistas del Cedar Bar. La solemnidad abstracta había muerto.
Pollock, como el escultor David Smith, murió al volante de su Oldsmobile en un accidente de coche, poco después de que Arshile Gorky se ahorcara. Franz Kline murió víctima del alcoholismo. Mark Rothko, el anticomunista, murió desangrado en su estudio tras cortarse las venas. Aquello fue la verdadera cima del action painting antiburgués.

jueves, 3 de julio de 2008

El extraño caso de Eldridge Cleaver

«El precio de odiar a los demás seres humanos es rebajar el amor a uno mismo

Vuelven a estar de moda. Diversos grupos de recreo con vocación de margen y diseñadores de camisetas de escasa imaginación (los iconoplastas) recuperan ahora la estética de los Panteras Negras. El propio Obama coqueteó en su página web de campaña con el Nuevo Partido de los Panteras Negras, apoyo que luego declinó en atención a las normas de la corrección política. El amago y la disculpa posterior son un lujo del progresismo (a nadie convence el arrepentimiento de un facha), y Obama sabe que Sidney Poitier y el negro domesticado serán invitados antes a cenar que Shaft.



Pero esto no siempre fue así. Una mariquita dichosa del establishment como Tom Wolfe describió en Radical Chic & Mau-Mauing the Flak Catchers cómo la Izquierda Exquisita cortejó a los Panteras Negras en la animosa década de los 60, invitándola a sus salones y promocionándola. Hubo un tiempo en que las violencias capturaron el imaginario sexual de la clase media blanca.

Todo el mundo cambia menos yo, dijo una vez Eldridge Cleaver, jefe de propaganda de los Panteras Negras. Nacido el 31 de agosto de 1935 en Arkansas, su familia se trasladó muy pronto a una zona humilde de Los Ángeles donde su padre se empleó como camarero en un restaurante para coches mientras su madre trabajaba como asistenta. Muy joven se metió en problemas y fue arrestado por robo y tráfico de drogas: a los 18 añitos pasa tres en prisión por posesión de una bolsa de marihuana. Recién salido del trullo es arrestado por violación e intento de asesinato. Es enviado a la archifamosa prisión de San Quintín en California con catorce años de condena. En la cárcel se sumerge en la literatura revolucionaria: Thomas Paine, Marx, Bakunin, Lenin... los novelistas negros americanos como Richard Wright, James Baldwin o W. E. B. Du Bois y otras plumas contraculturales en boga como Mailer, Burroughs o Ginsberg. Empieza a escribir cartas a importantes personalidades literarias y consigue que el mismo Norman Mailer interceda ante las autoridades solicitando la condicional.


En 1966 es puesto en libertad e ingresa en los Panteras Negras, en los que alcanza el puesto de Ministro de Información, es decir, responsable de propaganda. Publica sus artículos y diarios de prisión en la revista Ramparts, una publicación político-literaria vinculada a la Nueva Izquierda (aunque uno de sus propietarios era el liberal proisraelí y filoconservador Martin Peretz), que gracias a su sofisticada y opulenta impresión pudo atraer a vastos sectores de audiencia inicialmente hostiles a otras cabeceras de izquierda más ásperas, llegando a alcanzar a finales de 1969 la cifra de 300.000 suscriptores. En sus textos, Cleaver reflexiona sobre literatura, racismo, violencia revolucionaria y detalla sus obsesiones sexuales, muy en especial con mujeres blancas (la alotriorastia que hoy inspira toda la gama de porno interracial: los brothas bien armados, los cockzillas y todo el repertorio de mujeres blancas hambrientas de black meat). En el 68 es arrestado durante su participación en un tiroteo entre la policía de Oakland y los Panteras Negras en el que resulta herido. Se salva de una condena al ser considerado un prisionero político. En otoño de ese año imparte un curso experimental en la Universidad de Berkeley, en California, provocando la airada respuesta del entonces gobernador Ronald Reagan: «Si a Eldridge Cleaver se le permite enseñar a nuestros hijos, éstos vendrán una noche a casa a cortarnos la garganta.» Es en 1968 cuando decide alcanzar la presidencia de los Estados Unidos al frente del Partido de la Paz y la Libertad (obteniendo 37.000 votos), pero una corte legal decide invalidar la sentencia que puso en libertad a Cleaver tras ser acusado de asalto con posterior intento de asesinato. Ante la perspectiva de una larga temporada en prisión, Cleaver decide evadirse de la justicia y abandonar los Estados Unidos, dirigiéndose a Cuba y posteriormente a la Argelia postrevolucionaria. En el documental de Klein sobre Cleaver se le puede ver paseándose por la kashbah buscando una buena navaja, una seductora viñeta para ese público blanco que abominaría al ver a un supremacista blanco eligiendo rifle en la armería.


Cleaver inicia así un período viajero muy intenso. Sus pasos de turista revolucionario lo conducen a la Unión Soviética, Vietnam y el recinto de stalinismo temático instaurado en Corea del Norte por Kim Il Sung, recibiendo en todas partes calurosas acogidas. En 1971 se produce su ruptura con los Black Panthers y se traslada a París, donde un extraño sueño tiene un efecto de poderosa revelación mística sobre su conciencia. En él, Eldridge ve representados en la luna los rostros de Mao, Castro, Marx y Engels, junto al de Jesucristo. Sin pensárselo dos veces, se convierte al cristianismo. Regresa a su país en 1975 como Cristiano Renacido –como a sí mismo se denominó Reagan, expresión del fundamentalismo cristiano inspirado en el Armagedón, una colección de exasperadas ramas soteriológicas de las iglesias evangélicas y pentecostales en EE.UU. – del que hoy se declaran partidario el 25% de los americanos. Recordemos que los born again christians son el núcleo duro del Partido Republicano. Cleaver se pone a disposición de la justicia, que lo despacha con un montón de horas de edificantes servicios a la comunidad. Su recalcitrante curiosidad religiosa lo hace cristiano renacido, mormón y seguidor del Reverendo Sun Myung Moon. Abraza también formas de furioso anticomunismo e intenta sin éxito ser nombrado candidato a senador de California. No se le ocurre otra cosa que apoyar electoralmente a Reagan, por lo que es abucheado por la sociedad de estudiantes afroamericanos de Yale. A mediados de los ochenta no sólo es un facha, sino también adicto al crack y la cocaína, vicios que le procuran nuevos problemas con la ley. «Todo el mundo cambia», dijo Eldridge entonces. Un cáncer de próstata lo llevó junto al Altísimo en 1998.


La faceta más interesante de su trayectoria, para mí, fue el osado diseño de unos pantalones de hombre –prenda joven dentro de la historia del atavío– que no se atenían a los convencionalismos. Eldridge Cleaver inventó unos pantalones revolucionarios que incorporaban un manguín en la entrepierna para colocar el miembro (o miembra) viril. Eldridge de París se permitía afirmar el machismo y rendir culto al falo, algo mal visto por el empuje de la contestación feminista, pero a un negro podía perdonársele. Evidentemente, aquella prenda fue un fracaso comercial, pero revela algunas claves del fenómeno.


De aquella movida nadie recuerda otros movimientos (Cortland Progressives, Consejo Unido para la Dignidad Negra, Nueva Thang, Adultos Jóvenes…) que definieron a su manera el Poder Negro pero que tuvieron la desgracia de no seducir a las audiencias blancas, de intimidarlas con su agresividad de diseño. Los Panteras Negras se dotaron pronto de un look fascistoide, con boinas paramilitares, cuero negro muy sexual y armas, muchas armas. Y siempre son las clases medias las primeras en caer seducidas por la coreografía marcial del fascismo. Tom Wolfe describe en su libro una escena reveladora en la universidad de San Francisco. Una profesora blanca, una intelectual progresista sin medias ni maquillaje, de zapato plano y gruesas pantorrillas (estilo Peter, Paul and Mary) lee en clase un fragmento de Soul on Ice, de Eldridge Cleaver. La mayoría de sus alumnos son hijos de la clase media blanca que visten como guerrilleros urbanos, nada de jerseys de grandes letras para zascandilear por el campus. La profesora dramatiza su lectura trasladando a sus alumnos a la celda de Cleaver en San Quintín y alzando la barbilla pensativamente al terminar su lectura. Cuando pregunta a la clase por sus impresiones, toma la palabra un alumno negro que dice:
«¿Sabe? La gente del ghetto se troncharía si oyera lo que usted acaba de leer. Ese libro no se escribió para los ghettos. Se escribió para la burguesía blanca. Los burgueses blancos son los que lo publicaron y son los que lo leen. ¿Qué es eso de “sumergirse previamente en los temas y escritos de Rousseau, Thomas, Paine y Voltaire” a que él se dedica ahí? Intente usted ir al ghetto tras algún sumergimiento previo, hablando de Albert Camus y de James Baldwin. Se troncharían. Ese libro fue escrito para hacer estremecerse a las mujeres blancas de Palo Alto y Marin County. Ese libro es la mayor porquería burguesa que he oído. Ni siquiera creo que él lo escribiera. Eldridge Cleaver no escribiría una cosa así. Creo que lo escribió una mujer pre-via-men-te su-mer-gi-da. Quiero decir que no hay que sumergir a la gente en nada previo ni prever ninguna sumergida para la gente ni incordiar a la gente con fantasías de ama de casa burguesa que sueña con que la violen en el asiento de su Buick.»

Junto a la clase obrera y el pobre honrado siempre hay una ociosa aristocracia lumpen de actitudes chulescas que vemos hoy en nuestras ciudades con otras caracterizaciones, de agresivos modales, vestidos con zapatillas y ropa carísimas, ociosos. En términos de conciencia de clase su influencia es nefasta, claro. Los Panteras Negras acuñaron un nuevo tipo de matón urbano atractivo pero contrarrevolucionario. Su culto a la violencia hizo el resto para seducir a la cultivada izquierda blanca con sus varones acobardados. Aquello fue una proyección sexual, un movimiento WASP que incluso tuvo una réplica blanca en los Weathermen.

El outro derechista de Cleaver, su paradójico mixtape, no es tan extraño, él mismo afirmó que el twist de Chubby Checker enseñó a los blancos a mover el culo, habilidad olvidada por siglos de puritanismo y de odio al cuerpo, cuyos peligros se relegaban a los negros. Así pues los negros venían a ayudar al blanco, colmando afirmativamente el cliché que este había fabricado para aquellos, una actualización de la pintura de castas contextualizada por el folclore del ghetto contemporáneo.


Todavía hoy el orgullo negro de las ciudades–selva recrea a los blancos con poder adquisitivo. Los gangsta rappers que hablan en nombre de los desposeídos inquilinos del ghetto, lo hacen para una audiencia que se compone en su mayoría de adolescentes blancos de clase media. Son los wiggers (wannabe white niger, o quiero ser un negro blanco). El gangsta rap no se arredra al emplear el peyorativo argot urbano (negratas, perras, rameras) que exaltan la violencia contra la mujer, el pandillismo o las drogas, postales de consumo recreativo que han denunciado muchos negros pero que funcionan comercial e ideológicamente, cuando hasta sus mismos protagonistas son encausados por intentos de violación o asesinato (Snoop Doggy Dog, Tupac Shakur, Flavor Flag). Muy poco aleccionador, cuando no altamente reaccionario.

Hasta el sedoso Federico García Lorca se entregó a cierta temprana blaxploitation durante su excursión neoyorquina cuando hablaba sin tapujos de los negros y su sangre sin puerta, sangre furiosa debajo de las pieles que vendrá por todas partes para quemar la clorofila de las mujeres rubias. La viñeta racista sigue a salvo, y la mirada blanca moldea esa animalidad como descrita por un explorador. Los Panteras les echaron un cable.

El viaje de Eldridge Cleaver no le llevó tan lejos.

jueves, 19 de junio de 2008

Dependienta de sexshop

Hola soy Millana y traigo de nuevo la introspección confesional a Mildred, vengo con las nimiedades contrarrevolucionarias para el descanso de algunos y la indignación de otros más puros.
Padezco últimamente de impudicia verbal, suelto todo lo que pienso y lo que no, he perdido el filtro, los amigos se me quejan, esto tampoco es nuevo, desde aquí pido disculpas.
Hoy contaré unas vacuidades sobre la vez que trabajé de dependienta en Sexyland, un sexshop de los de cabina, videoclub y vitrinas repletas de vaginas con asas, tecnopenes y demás ortopedias.
Esto era antes del euro, antes de que llegaran a España las elegantes jugueterías sexuales para mujeres, yo no vendía dilditos con forma de pingüinito verde ni botecitos de chocolate con pincel para aplicar. Yo vendía gordas pollas de plástico con venas, elixires calientaburras, electrodos para pezones y arneses, además gestionaba un videoclub donde no había ninguna clienta y me encargaba de que los 69 magnetoscopios que correspondían a los 69 canales de vídeo de las cabinas funcionaran correctamente.
Y eso fue durante tres meses de verano, el tiempo necesario para terminar de conseguir las pelas que me permitirían largarme a estudiar a una Escola d´Art de Barcelona , estaba llena de futuro.


El porno no me ha interesado nunca demasiado, y no había analizado bien el porqué hasta que me puse a escribir esto, quizás sea porque cuando me excito me suele apetecer tener carne humana y ajena al alcance de mi mano. Sí, soy muy práctica y prefiero recrearme en cuerpos que estén a mi alcance inmediato y eso frente al pornotube no ocurre y es frustrante. Y si no hay cuerpos amables cerca recurro únicamente a la imaginación o la memoria, onanismo evocador lo llaman. ¡Soy tan romántica!
Por eso mismo nunca me ha llamado el cine x y cuando entré a trabajar en sexyland no había visto una peli porno, a excepción de unos trozos de las que ponían en la tele local que no me llamaban la atención salvo si salían enanos, gordas mórbidas o situaciones absurdas, entonces miraba un rato antes de zapear.

Esto es, que el porno no me sirve como estimulante ni como inspiración onanística, sólo me interesaba como espectáculo de lo nunca visto y lo absurdo. Y la desnudez y los genitales expuestos tampoco me llamaban la atención, me he criado en el Cabo de las Huertas de Alicante, con un acantilado que era zona naturista y también de cruising. Cuando era niña íbamos en pandilla y con los perros a las rocas "a ver pichas y tetas" y a cazar cangrejos con cubos de horchata, la segunda actividad era la que mas excitación y grititos nos causaba.


De mi experiencia de dependienta en un sexshop salí hecha una conocedora, no una consumidora pero si una experta del medio pornográfico, incluso salí teniendo un actor porno favorito, Toni Ribas, por esa mirada suya que se ve poco en un medio donde todos los tíos ponen cara de mal cagar o de mal rollo, se muerden el labio superior, fruncen el ceño y hacen como que soplan, pero Toni is different. Y no soy la única en percibirlo.

También averigué para mi sorpresa y horror que muchísimas actrices se hacían un corte en el perineo para poder realizar ciertas prácticas y alargar su carrera. Y me contaron otras operaciones para los actores que causan más horror aún.

Si alguna vez entraste en un Sexyland y te maravillastes al ver tras el mostrador a una hermosa muchacha morena de 21 años leyendo un librito de poemas de Emily Dickinson,
(Soy nadie. ¿tu quien eres?
¿Eres tú también nadie?
Ya somos dos entonces. No lo digas:
lo contarían, sabes.
Qué tristeza ser alguien,
qué público: como un rana
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora.)
y próxima a una réplica de John Holmes la veías suspirar en los versos concentrada, evocando las briznas de hierba temblorosas, plumitas de alondra, y atar no intentes a la mariposa, una muchacha que borracha de lirismo retorcía un mechoncito de su pelo entre los dedos, sí, sí, esa joven era yo. Seguro que te enamoraste de mí, pero de poco hubiera servido que intentaras algo conmigo, habrías fracasado, yo en ti sólo hubiera visto a un PAJERO.

Y había muchos y de muchos tipos, y todos estaban observados, analizados y catalogados por mi y mis compañeros, un equipo de tenderos fantástico, una joven e intrépida lesbiana, un joven y hermoso gay y yo de joven. Sí, tan jóvenes, dinámicos, extrovertidos y liberados que jamás hubiéramos hecho ningún gesto de asombro ante tu petición del dilatador anal tamaño xxxl de silicona negra con ventosa en la base, te habríamos ofrecido dulce y amablemente el mejor lubricante del mercado, el de base de agua, el que no pica el látex, y te hubiéramos envuelto el regalo y que pase usted un buen día caballero, vuelva cuando quiera.

Con los pajeros de cabina apenas tenía ninguna relación a no ser que no funcionara la máquina de cambio, normalmente ellos iban directamente hacia el pasillo cabinero y no se acercaban jamás al mostrador de los dependientes. Tengo que reconocer que en mi absoluta inocencia me sorprendía mucho ver entrar a pajeros bellos, en mi ideal sistema de valores, en mi pardillez, eso no podía existir, sólo los contrahechos no encontraban amantes, la gente que se masturbaba era porque no tenía a quien amar. El tiempo me haría cambiar de opinión pero así de gilipollas era yo, atiende.

Era bastante joven y reconozco que contarle a la familia que iba a currar en un sitio así fue espinoso, yo insistía en que era un simple trabajo de dependienta y que los pajeros eran gente muy educada. Y era cierto, jamás en esos tres meses escuché una palabra fuera de tono, ni una insinuación, ni un doble sentido, ni un gesto de mal gusto o mala educación por parte de la clientela. Eran personas que compraban o alquilaban cosas que atañían a su intimidad y por eso mismo el trato era sobrio y respetuoso por ambas partes. Una camarera de disco-pub no puede decir lo mismo.


Las estanterías estaban ordenadas por estilos o géneros, primero estaban las Private, de guapas rubias californianas con depilación a lo mohicano, después las Edad Legal, ya saben, luego las Oma, de señoras maduras, estas pelis las alquilaban normalmente chicos muy jóvenes y tenían mucha demanda, seguían las Real o Amateur, que casi todas eran alemanas y estaban junto a las Hardcore hetero, luego venían las Tranxs, que también tenían muchísimo éxito, y el Kaviar, la Zoofilia, el SM y las aberraciones al final del pasillo, al lado de lo Gay.

Algunas de estas pelis estan entre las cosas que mas me impactaron negativamente en mi experiencia sexyland, tanto a mí como a las amigas de mi quinta que venían a la tienda a darme conversación o a pedirme condones. Eran las carátulas que yo procuraba no mirar cuando me tocaba ordenar estanterías, en serio, cerraba los ojos:

-Una de felaciones realizadas por ancianas desdentadas. En la portada aparecía una vieja muy desagradable mirando y sonriendo a cámara con la dentadura postiza en una mano y una polla flácida y fea en la otra. Me provocó pesadillas.
-Una peli de una tía que se metía bichos en la vagina, sí, bichitos de bola, babosas y cienpieses. La portada era un coño muy feo y oscuro, de estos con mucho pavo de donde salía una cucaracha, así de asqueroso.
-Una de aspecto amateur, con hooligans que golpeaban y se follaban a yonkis cadavéricas de la calle. Era alemana, era lo peor.
-Todas las de fist fucking, no les veo el sentido, no lo puedo entender.


También se vendían películas especiales por encargo de algunos clientes selectos, eran pelis que llegaban de importación completamente precintadas y que se guardaban bajo el mostrador a la espera de que viniera el interesado a recogerlas, ni idea de qué trataban, mucho misterio. Los clientes no encargaban estas cintas a los dependientes sino que trataban por teléfono directamente con el jefe.
Había un encantador señor mayor, unos 85 años, muy delgado, erguido y elegante, traje de tres piezas y exquisita educación:
-Buenas tardes, ¿ha llegado ya lo mío, señorita?
-No tengo ningún paquete para usted, lo siento.
-No se preocupe, ya volveré a pasarme si no le causa molestia, que tenga usted un buen día.
Y siempre sonriente y cortés, apreciaba realmente a este señor, ¿qué tipo de películas serían esas? Mejor no pensarlo.


Pero lo peor, lo que me impactó hasta el trauma, lo que más estupefacta me dejaba, eran las petardas de las despedidas de soltera. Venían en manada y antes de entrar ya se las oía:
"¡Entra tú primero, noooo entra tú, jijjiiji!" "Jiiiiiii, jiiiiiiiii, jiiiiiiii" "Qué fueeeeerte, tíaaa!
Y lo peor es que entraban. Y hacían un ruido como de cerdas en un matadero, resoplaban, bramaban, se agolpaban y tropezaban entre ellas, y reían con gritos hiperagudos, eran monstruosas.

Lo que compraban era peor, ¿cómo un ser humano puede voluntariamente colgarse del cuello un recipiente con biberón de polla y verlo divertido? Cuanto más humillante y vejatorio era el artículo más gracioso lo encontraban: cascos vikingos con pene de peluche en vez de cuernos, sombreros vaqueros con estampados de vaca y pene, por supuesto, de peluche otra vez, penes de peluche a secas, con grandes sonrisas pintadas, chupetes gigantes con pene, esta vez de goma, para poder chupar y aberraciones de esas.

Eso sí, yo de alguna manera me vengaba y/o divertía. Con la mejor de mis sonrisas intentaba colarles la máxima aberración que era siempre la más cara: el enorme sombrero mexicano con purpurina, lentejuelas y polla de peluche king size en la copa, "Mirad qué gracioso, chicas, esto no pasará inadvertido ¿eh?, je je". Y las cerdas a veces lo compraban, mis jefes estaban encantados.

Que alguien me desvele el misterio de las manadas de tías en las despedidas, ¿por qué lo hacen? Imagínatelas, con esos sombreros, los gritos, esos biberones, y los boys.

Esto no tiene mucho que ver con mi batallita de ex-tendera de sexshop pero tengo que expresarlo o reviento:
Que a mí me dan mucha pena los Boys. Más que los caballitos ponis. Me dan lástima sus pichas amoratadas por esa goma que se ponen en la base para morcillonársela, cockring se llama.
Y me conmueven esos bailes tan bobos con movimientos pélvicos indignos, y sus mañanitas en el gimnasio con el gatorade y la toallita, y en la ducha afeitándose el culo con la gillete y con sus granitos de pelos enquistados, las pectorales tan hinchados que obligan a los pezones a mirar con tristeza hacia abajo, y sus muequitas martini frente al espejo y sus noches dejándose sobar por señoras que gritan como hienas. Esa marabunta de suegras y cuñadas histéricas que parece que no han visto una polla en su vida y les asalta un instinto lactante e impúdico que no es de recibo, que indignidad señoras, qué poco recato.
Y esos uniformes que me llevan los boys, ay. Me imagino el cajoncito de la cómoda donde el boy de turno guarda sus tanguitas de vinilo dobladitos y me pongo a llorar. No me invitéis jamás a un show de estos si me queréis un poco, matadme antes.



Y bueno, no me acuerdo ahora de más cosas. Bueno sí, que las bolas chinas no se vendían casi nada, que los dildos gigantescos sólo los compraban hombres, ya sea para su uso propio o para usarlos con las parientas, que las tías sólo compraban vibradores, núnca consoladores y además de tamaño tirando a pequeño, o huevitos masajeadores de goma, esto puede crear suspicacias porque confirma la teoría de Freud de que las hembras somos sexualmente inmaduras.

También que la ropa interior erótica que se vende en estos sitios es de pésima calidad. Que los lubricantes salen más baratos si los compras en la farmacia, que los condones de sabores no triunfan y que hay hombres, más de los que te imaginas, que creen que los elixires calientaburras funcionan y los compran para echarlos en la bebida de las tías, y que sólo contiene agua con cafeína o taurina pero que de ilusiones también se puede vivir.
Que currar en Sexyland era mucho mejor que currar de teleoperadora, que se podía leer.
Y ya está, fin de la batallita, gracias.

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