miércoles, 9 de septiembre de 2009

Los utópatas

En estos tiempos sedantes en los que el marketing electoral y los asesores de imagen se han apoderado de la comunicación política, parecen quedar lejos aquéllos otros en los que los estadistas del Bloque del Este imponían su peculiar estilo (o su no-estilo) al frente de sus repúblicas utópicas, su marcial lifestyle, haciendo del tergal un severo dress code. Secretarios generales pertrechados con trajes alucinantes, como si hubieran elegido a sus sastres de entre los miembros de la CIA, a menudo exhibiendo gafas asombrosas que demuestran que las monturas son en realidad ortopedias y a cuyo lado nuestros modernos gafapastosos de diseño resultan ridículos apprentices. El siglo al otro lado del telón de acero puso del revés la estética. Agredían la fotogenia, olían a politburó y crimen, eran devotos de las fibras plebeyas, del aburrido acrilán, de la pana menestral. Eran gloriosos, flores históricas del jardín de Gilgamesh. ¿Quiénes fueron? Empezaremos nuestro viaje por los países díscolos en Yugoslavia y Albania, estados que siendo socialistas salieron de la disciplina sovietizante del CAME (o COMECON) y del Pacto de Varsovia. En Yugoslavia Josip Broz Tito comenzó militando desde muy temprano en las luchas obreras. Fue Brigadista internacional en la Guerra Civil española. En 1937 se convierte en secretario general del Partido Comunista, dirigiendo los alzamientos antifascistas de los Partisanos contra la ocupación nazi de Yugoslavia en la II Guerra Mundial. Junto con el episodio albanés, la liberación se consiguió con escaso apoyo del Ejército Rojo, constituyendo un caso excepcional de victoria de las fuerzas guerrilleras locales. Pese a sus vínculos con Stalin, Yugoslavia acuñó el «socialismo autogestionado», lo que le valió al Partido la expulsión del Kominform en 1948 (con el remoquete de traidor, trotskista, terrorista... la cantinela atroz en el dogmático lenguaje rojo del momento). Esta República iba por libre y pronto encabezó el Movimiento de los Países no Alineados junto a países africanos y asiáticos. Introdujo reformas que perseguían el presunto socialismo de mercado y Yugoslavia gozó de un nivel de vida más alto que el resto de países socialistas.

El mariscal Tito fue también un sibarita orientado al donjuanismo al que se atribuye una larga lista de amantes. Varios lujos adornaban merecidamente su existencia. La iconografía política postergó los uniformes, con boina partisana o traje de mariscal con gorra de plato, en favor de una correcta indumentaria civil elaborada por exquisitos sastres. A pocos, dentro del universo comunista, les han sentado tan bien los trajes, siempre con su discreto pañuelo blanco en el bolsillo. Fue un espléndido dandy rojo a quienes los reyes sentaban en su mesa, adorado por las actrices de Hollywood, y alojaba a la familia real británica preparándoles un asado al carbón que deleitaba a la reina Isabel, o invitaba a Sofía Loren para que le preparase unos spaghetti. Se decía que era hijo natural de un noble croata, razón que explicaría sus pocas trazas proletarias y su excelente manejo del idioma alemán, la esgrima, la equitación, y su afición por la ópera, el champagne y los yates en el edénico archipiélago de Brioni, hábitat para un esteta que escapa de las masas, o en el exquisito y nabokoviano Hotel Vila Bled, gobernando a un tiempo una conflictiva ensalada racial ultranacionalista. Este gourmet y bon vivant, playboy con una fibra de materialismo dialéctico, hubiera sido el perfecto empleador de Vatel, el riguroso chef de Luis XIV: no reparaba en dispendios al preparar cordero con hongos para el Shá de Persia. También cenaba con Josephine Baker (arrollados al queso), sopa de pescado con Gina Lollobrigida, tartas con la curvilínea Liz Taylor y mariscos con Jackie Onassis, todo a espaldas de su esposa Jovanka, una morenaza racial de armas tomar. Los yugostálgicos tienen todo el derecho de añorar el distinguido estilo/lujo del camarada más elegante. No era un hombre rico pero sabía vivir. El comunismo puede compaginarse con los bombones Godiva y los coquetos picaderos de soltero. El titoísmo y sus pequeños lujos son una desviación a reivindicar en estos tiempos de tecnócratas trajeados sin gracia que alumbró la Perestroika, con sus traidores pro-estadounidenses sin encanto.

Una versión de andar por casa –mucho más cutre y desposeída de glamour– en cuanto a orígenes guerrilleros y divergencias con Moscú, un reverso opaco, fue Enver Hoxha en la hermética Albania. Hoxha era de origen musulmán y familia acomodada y estudió en Montpellier. Se convirtió en un valiente guerrillero que combatió la invasión fascista. Creó el primer estado ateo del planeta, hasta el punto de prohibir los nombres religiosos del santoral, y rompió con la URSS por su revisionismo nefando (hasta los chinos llegaron a parecerle unos blandegues, escuchad bien). Era un egócrata adicto a las gabardinas y el look de reposo rural socialista tipo pabloneruda. En las fotos siempre parece llevar ropa de más, ir sobreabrigado. Hizo construir un mausoleo para sus restos con un aspecto indefinible mitad nave espacial mitad delfinario. Obtuvo el remoquete de estalinista y su mayor logro urbanístico fue la construcción de 700.000 búnkeres que dan a Albania un perfil característico. Construidos con hormigón y en forma de seta, estos parapetos adornan ciudades y aldeas. Hoy en día sirven para guardar cabras o como retretes públicos. La eficaz y severa SEGURIMI, o agencia de policía secreta, fue una de sus grandes creaciones. Aún hoy la verborrea liberaloide habla de «égida demencial» y «alucinación comunista», y bla bla bla...

En Bulgaria, Todor Zhivkov fue el dirigente que más tiempo se mantuvo al frente del gobierno de todos los países de Europa Oriental. De origen humilde, se afilió en su juventud al KOMSOMOL –las Juventudes Comunistas–, y desempeñó un papel relevante en la resistencia contra la ocupación nazi. En 1954 era ya secretario general del Partido Comunista. Bulgaria se convertiría en el país más afín y leal a la URSS. Se sobrepuso a una intentona golpista en los 60, década revuelta por antonomasia, aunque en 1989 fue destituido durante las “reformas democráticas”, las mismas que le metieron en el talego al año siguiente, donde permaneció durante seis años por malversación de fondos públicos. Con gran coraje rechazó un indulto y tuvo que ser puesto en libertad por falta de pruebas. Fue un gran economista y administrador, y su gestión (con grandes complejos industriales y una planta nuclear) permitió una rápida industrialización y el aumento del nivel de vida de sus compatriotas. La exploración espacial y la tecnología, sobre todo en el terreno de las computadoras, fueron también conquistas de su régimen: en los 80 empezaron a producirse masivamente ordenadores domésticos bajo la marca PRAVETZ, clónicos búlgaros que resultan una bicoca, con una caja en color crema inclinada para facilitar la escritura. No quiero pensar qué culto les rendirían los devotos de Apple a estos cacharros si se produjeran hoy. Sus gafas alucinantes y su aire de burócrata constituyen un hit de la fealdad socialista trufada de computadoras domésticas y naves espaciales.

Aunque en Polonia los diabólicos gemelos Kaczynski han restaurado la bizarrez como divisa de los prohombres (el soltero Jaroslaw, el primer ministro, sigue viviendo a sus 57 años en casa de su madre), están muy lejos de superar el listón marciano instaurado por el súperextraño general Wojciech Jaruzelski (que recogió la herencia del estólido pero ejemplar Gierek y del simiesco y ratonil Gomulka), otro adicto a las lentes ahumadas y a las monturas de gafa espantosas. Este trepa horrendo y su antigusto disimulan paradójicamente un origen aristocrático. Su padre incluso luchó contra los bolcheviques. En la II Guerra Mundial la familia protagonizó un episodio cómico: ante el avance de los alemanes la familia Jaruzelski emprendió la huida hacia el este, donde no tardaron en toparse con el Ejército Rojo. Por esta razón, se encaminan de nuevo hacia el oeste, consiguiendo escapar de unos y otros y estableciéndose en Lituania. La mala suerte familiar quiso que vieran cómo los soviéticos entraban también allí. El padre de Wojciech solicitó entonces la ciudadanía soviética. Resultado: el NKVD ­–antecedente del KGB– confisca sus bienes y le declara «enemigo del Pueblo». El padre es enviado a un GULAG siberiano, el resto de la familia a una granja donde Wojciech corta árboles en la taiga. A pesar de todo ello, Jaruzelski, lejos de aborrecer el socialismo se alista en el ejército prosoviético y en el Partido, en una carrera fulminante, llegando a ministro de Defensa y miembro de la cúpula dirigente del Partido en los 70. Como primer ministro impuso la ley marcial en 1981. Nadie pudo preguntarle en vida cuántos venían en la nave y de qué planeta.

De Nicolae Ceaucescu se dijo que durante el juicio sumarísimo que concluyó con su fusilamiento llevaba un reloj emisor de señales que le mantenía en contacto con una unidad de élite de la Securitate cuyo cometido era rescatarle. El aura mitómana que rodea al rumano se remonta incluso a edades tempranas. Se dice que su primer azaroso contacto con el comunismo se produjo cuando robó, en su juventud, una maleta en una estación de ferrocarril, tras lo que fue detenido por la policía. Dicha maleta resultó contener panfletos del Partido Comunista Rumano, por lo que fue a parar a la cárcel, donde estableció contacto con otros utópatas. Hizo carrera al término de la II Guerra Mundial dentro del Partido como protegido del vampírico Gheorghiu-Dej, al que sustituyó en la dirección en 1965. Obtuvo una fuerte y rápida popularidad merced a sus desafíos a las directrices hegemónicas de Moscú, obteniendo una parcial autonomía política para su país, condenando la invasión de Checoslovaquia o participando en las Olimpiadas de 1984, boicoteadas por los países comunistas. Se llevó bien con Nixon y el emblema deportivo de su mandato fueron las menudas gimnastas rumanas, preadolescentes de metro y medio que alcanzaron la perfección (la mítica Nadia Comaneci fue la primera en alcanzar un 10 en la historia de la gimnasia). La Comaneci consiguió nueve medallas olímpicas y se convirtió en icono comunista. Desbancó como iconos eróticos a las rubias americanas del momento e incluso a la pléyade de rusas. No ha servido de nada que ella haya negado una y otra vez los rumores nefandos, con abusos sexuales incluidos, que adornan su reinado deportivo en el país socialista, todos siguen pensando que los entrenadores y los comisarios eran sus aplicados violadores. Hoy es un ama de casa respetable que vive en Oklahoma.

Se dice que Ceaucescu mandó hacer un cetro para simbolizar su presidencia, y se arrogó el término de Conducator de Rumanía. Neroniano fatal, nombró coronel a su perro Corbu, un pastor belga al que agasajaba con golosinas traídas en valija diplomática. Lo peor de las propagandas es que agreden siempre a sus destinatarios. Si hemos de hacer caso a la oposición anticomunista, el perro era paseado en limusina por Bucarest con escolta, y disponía de televisión y teléfono personales. El siglo XX trató bien a los perros, el socialismo asiático trajo importantes responsabilidades para ellos, vemos que asumieron responsabilidades militares o fueron enviados al espacio. Definitivamente fue un buen régimen para ellos.

Aunque se atribuye al matrimonio Ceaucescu un gusto espantoso (a juzgar por el aspecto de sus habitaciones en el Palacio Snagov de Bucarest, acicaladas con opulencia non-sense, lejos del espanto paranórdico de Ikea pero agraciadas con cierto toque espartano), su gran legado estético fueron los fabulosos abrigos de piel, dignos de la nobleza centroeuropea, que gastaron en el juicio farsa. Una dignidad tremenda, como sacada del Gotha.

Gracias a Berlusconi sabemos hoy que los comunistas hervían niños para usarlos como fertilizantes de los campos. Sobre la Securitate cayeron los cargos habituales: espionaje industrial a Occidente y colaboración con el terrorismo árabe. Su caída, la única violenta de todo el bloque del Este, se produjo en medio de una de las más fabulosas manipulaciones mediáticas de todos los tiempos. Fue el fake de Timisoara. Se dijo que francotiradores palestinos y libios disparaban sobre los revoltosos desde las azoteas de Bucarest. Hoy se conoce la falsedad de todas aquellas informaciones.

El socialismo prusiano tuvo como primer y semiolvidado cabecilla a Wilhelm Pieck, que impulsó la unificación con los socialdemócratas de Otto Grotewohl, el más espartaquista de la pandilla. Este movimiento inaugural sería continuado por Walter Ulbricht. La RDA traduce el típico modelo de país atraído hacia la órbita soviética encabezado por algún tedioso burócrata que es posteriormente reemplazado por algún careto más amable.

Ulbricht, nacido en Leipzig, cuna del movimiento obrero, era un fanático del atletismo, un trabajador incansable, un moralizador pesado y el más obstinado de la camada: un hermano huyó a los USA y su hermana se instaló en la RFA. Él se quedó. Bien jovencito contrajo matrimonio con una compañera (Marta Hauk), pero las lecturas de Marx le interesaban más que la alcoba calentada por su correligionaria. Pues dedicaba todas sus energías al partido, se separaron. Encontraría después una compañera más duradera en Rose Michel, una comunista francesa. Vivió con ella en un hotel en el que se alojaba también Lotte Kuehn, que sería su siguiente esposa. La dialéctica puede llevarse también a los lechos.
Encabezó el Partido en lugar de Ernst Thälmann, líder natural exterminado en un campo de concentración nazi, y mandó construir el Muro. Su característica perilla de chivo tenía un origen de perseguido: «Si a Konrad Adenauer lo hubiera perseguido la policía nazi como a mí, también él se habría dejado barba». Sólo la fisonomía lo puso a salvo de Hitler, sin el aura de comedia de la peluca de Carrillo. Dicen que ya no la llevaba en 1930, aunque la recuperara al final de la guerra mundial en homenaje al estilo leninista. Le sustituyó el simpático Erich Honecker, adepto al Bruderkuss o beso fraterno, esa forma viril de aprecio entre camaradas, lo practicó con el mismo Gorbachov, al que nunca tragó por sus veleidades reformistas, y con el osuno Brezhnev.

Honecker hizo su reglamentaria excursión formativa a Moscú y construyó esa república de ensueño abarrotada de pioneros cantores, nadadoras puestas de drogas hasta las tetas, pepinillos Spreewald, pasta de dientes Perlodont y trabants con la carrocería de plástico, todo ello con un envidiable nivel de industrialización.

En Hungría había existido una experiencia preliminar encabezada por Béla Kun, cuyos rojos discipulares fueron conocidos como los Lenin Boys, una alegre muchachada revolucionaria que empleó una juvenil violencia encaminada a consolidar la efímera experiencia comunista húngara de 1919, que duró apenas unos meses, dos centenares de jóvenes con chaquetones de cuero dirigidos por Tibor Szamuely, su guardia personal. Nos dejaron uno de los looks revolucionarios más apetitosos de la historia antes de ser represaliados por el Terror Blanco que sucedió a la invasión rumana. Por allí anduvo Ernő Gerő, involucrado en el comunismo catalán, leal a la URSS, mata-troskos y sustituido por Kadar por su ineptitud en la gestión del levantamiento.

El invento posterior en Hungría obtuvo el gracioso remoquete de «comunismo goulash», allí estaban las denominadas barracas felices del comunismo: había buenos restaurantes y aceptables tiendas de lencería. El principal utópata fue Kádár por años en el cargo, y a pesar de su aura de grisura vivía en el distrito más elegante de Budapest. En Hungría no había TV los lunes porque Kádár consideraba que un día había de reservarse para una mayor actividad cerebral. Él mismo era un excelente jugador de ajedrez. Pero tuvo un período de arresto por traición al partido durante el cual fue bautizado por la AVO como János el Mierda por su carácter deprimente. Relajó los ucases socialistas y favoreció intercambios comerciales y tecnológicos con Occidente, y a cambio de mantener el país en el Pacto de Varsovia se permitió ciertos experimentos capitalistas. Hasta hizo buenas migas con la Thatcher. Luego los acontecimientos lo han revalorizado nostálgicamente y el 70% de los húngaros valora positivamente su mandato.

Junto a los buenos restaurantes tenían una festiva forma de espionaje. Cicciolina se incorporó a los servicios comunistas de información a principios de los 70. Unos hombres muy bien vestidos se presentaron en el hotel donde trabajaba como camarera, y desde entonces llevaba una grabadora siempre en el bolso y registrar las conversaciones con los turistas, a los que preguntaba sobre la finalidad de su viaje a Hungría.

El inventario rojo continúa con Imre Nagy, un apparatchik de modesto origen campesino instruido en el Instituto de Ciencia Agrícola de la URSS. Sólo tras la muerte de Stalin alcanzó el cargo de Primer Ministro. Las políticas se suavizaron y la economía se apartó de la ortodoxia socialista (mayor protagonismo del mercado, de los pequeños propietarios y de los bienes de consumo), poniendo en peligro el sistema mismo. A Imre no se le ocurrió otra cosa que instaurar la libertad de expresión y promover la salida del Pacto de Varsovia. Demasiado pronto para abandonar la fiesta. El Ejército Rojo entra en Budapest, Nagy pide socorro... ¡a Occidente!, se refugia en la embajada yugoslava y es juzgado más tarde en secreto, siendo condenado a muerte. Con sus aires de escritor naturalista y su bigote novecientos, fue el inspirador de esa paradoja malintencionada llamada el socialismo de rostro humano. Marx dijo que la historia sucede una vez como tragedia y otra como farsa. Lo demuestra el hecho de que durante unas protestas hace tres años los manifestantes democráticos ocuparon un viejo tanque soviético y lo hicieron andar por las calles. Hoy Budapest es la capital europea del porno, así que la democracia ¡mola!

Checoslovaquia tiene el mérito de haber acuñado una serie de afelpadas postales históricas de gusto democratizante, con sus revoluciones de terciopelo, su socialismo de rostro humano (una restauración por otros medios del capitalismo), y su primavera de Praga, que luego prestó su nombre a la de Pekín. Como estos eran otro elegante andrajo austro-húngaro nunca se sintieron muy cómodos bajo la égida soviética, de hecho tenían tradiciones burguesas y habían aceptado inicialmente el Plan Marshall. A los rojos les llegó también su momento al final de la Segunda Guerra Mundial tras el Golpe de Praga. Los rojazos, apoyados por Stalin, se fueron haciendo con mayor poder, declararon una huelga general con comités de acción y milicias obreras que barrieron a la oposición liberal. El staliniano Klement Gottwald se alzó con el poder, nacionalizó la industria, colectivizó la agricultura y, monitorizado por Moscú, se deshizo con una genuina purga en el mejor estilo estalinista de los díscolos tras los Juicios de Praga de 1951 (con empleo de todos los ismos de fantasía: conspiración trotskista-titoísta-sionista). Apenas unos días después de asistir al funeral del padrecito, Gottwald moría de un infarto, al parecer provocado por la sífilis y el alcoholismo. Candidato a momia museística, se dice que el embalsamamiento fracasó por culpa de la sífilis y la momia se descompuso. Los columnistas de derechas ha llegado a decir que en su condición de hijo nacido fuera del matrimonio están «las raíces de su fanática adhesión a las ideas bolcheviques». Claro. Ríanse.

Alexander Dubček abanderaría el buen rollo de los sesenta con sus reformas y su socialismo de rostro humano, con mayor ‘autonomía personal’ en temas económicos. Los carros blindados rusos terminaron con el experimento y Dubček fue enviado a Moscú para hacerle entrar en razón, tras de lo cual es apartado del poder y empleado como burócrata en una explotación forestal. Después llegó la Normalización con Gustáv Husák, el hombre que acabó con la primavera. De origen humilde, este monaguillo abrazaría la fe comunista en la adolescencia. Buen orador y de amplia cultura, formó parte de la resistencia antinazi en Eslovaquia. Al término de la guerra puso todo de su parte para acabar con el Partido Democrático y decantar la relación de fuerzas hacia los stalinistas. Siempre fue tildado de señorito dadas sus buenas maneras y su aire culto, pero fue acusado de nacionalista burgués por los checos. Arrestado, resistió con gran fuerza los interrogatorios, negándose a firmar los protocolos y a aceptar las acusaciones. Condenado a muerte, luego a cadena perpetua y después a 25 años. Sería amnistiado en 1960 y al salir de la cárcel trabajó como obrero en Bratislava. Sólo sería rehabilitado gracias a las corrientes reformistas de los 60. Pero a pesar de su radicalismo verbal la entrada de los tanques soviéticos le convirtió en el hombre más poderoso de Checoslovaquia sustituyendo a Dubček. Paralizó las reformas, se deshizo de los reformistas y devolvió el país a la ortodoxia del Kremlin, elevó el nivel de vida y evitó que la represión fuera dura.

Llegamos por fin al repaso de la genuina nomenklatura roja: la soviética, a la cabeza de todas las demás. No vamos a detenernos en sus inauguradores, Lenin y Stalin, conocidos por todos, arquetipos del mal, matamonjas y violahermanas, demonios obreros, santificado el uno y vilipendiado el otro, el bueno y el malo, lo justo y su desviación, tal como los ha envasado la izquierda integrada para desacreditar del todo la experiencia soviética.
A la muerte de Stalin comenzó una encarnizada lucha por el poder. El primero en sucederle, dentro de una compleja dirección colegiada del Estado, fue Malenkov, un perfecto ejemplo de anticarisma que medró en el Partido gracias a un peloteo indesmayable. De hechuras pícnicas, con papada, aspecto sebáceo y pelo churretoso, parecía un monaguillo con abdomen feminoide. Se alistó en el Ejército Rojo en 1920 y colaboró con Stalin desde primera hora. A la muerte de éste, encabezó el Estado durante un breve lapso, intentando desplazar la economía desde la industria pesada hacia la producción de bienes de equipo. No se le dio muy bien la economía y este tragaldabas fue apartado del Poder por un hábil Kruschev, que denunció que pertenecía al Grupo Antipartido. Como los tiempos de las purgas despiadadas habían quedado atrás, fue expulsado del Partido y enviado como castigo a pudrirse a Kazajistán como gerente de una planta hidroeléctrica. Sus camaradas del grupo antipartido sufrieron también esta suave purga: Molotov fue nombrado embajador en Mongolia, a Kaganovich le enviaron a dirigir una planta de potasio en los Urales y Bulganin acabó en el Consejo Económico de Stávropol. Sólo de fusiló a Beria, el temible chekista.

El campeón de esta movida fue Nikita Kruschev, que dirigió el invento desde 1953 hasta 1964. Arquetipo del gañán de origen humilde, después de colaborar en las purgas de Stalin y animar la colectivización no tuvo empacho en denunciar los usos brutales de su predecesor. Fue aplicado politruk en Stalingrado y tuvo pericia para guiarse a la muerte de Stalin, accediendo a la dirección colegiada del Presidium y cepillándose más tarde a Beria, sumando a ello el desplazamiento de Malenkov debido a la deficiente marcha de la economía.

Quiso hacer las paces con Tito y se enemistó con Mao, profundizando en la coexistencia pacífica a cuento del quítame allá esos misiles en Cuba. Liberalizó la economía, predijo sin acierto que se alcanzaría el comunismo en los ochentas y se dejó deslumbrar por el sueño americano, disneylandia y los rascacielos, un sistema al que pretendió dar alcance antes de ser prejubilado sin violencias en 1964 por los burócratas. Se hizo fotografiar mucho con Castro, cuyo carisma intentó parasitar, pues los rusos simpatizaban con el poco protocolario Fidel. Su avatar es el del cazador achispado y las medallas nunca lucieron bien en su pecho de grueso zampolit.

Nikita nunca soportó los zapatos nuevos, y su fobia campesina le llevaba a pedir a alguno de los miembros de su séquito que los usara durante dos semanas para que los ensancharan. Su episodio con el zapato en la tribuna de la ONU, en octubre de 1960, es legendario. Se dice que antes de partir hacia allí se reunió con La Pasionaria y ésta le recomendó acusar al régimen franquista en un momento del discurso. Así fue, según sus Memorias, y calificó a Franco de fascista y sanguinario. Cuando el delegado español tomó la palabra la delegación soviética empezó a gritar y a hacer ruido. Kruschev se descalzó de un zapato y empezó a golpear en el estrado. Su yerno cuenta que durante la alocución del delegado de Filipinas, que atacó a la URSS, Kruschev pidió la palabra, el presidente hizo como que no lo veía y aquél empezó a golpear con su mano, en eso se le cayó el reloj y se agachó para buscarlo, y como su barriga le incomodaba se levantó con el zapato que se había quitado en la mano. De las mejores anécdotas siempre hay varias contradictorias versiones, pero en FULMERFORD cuando la realidad se convierte en leyenda preferimos la leyenda. En Moscú nunca gustaron las maneras de Nikita, siempre se le tuvo por ineducado y orate. Erraron poco.

Después del desmadre relatado y de los coqueteos con el mercado se regresó a la ortodoxia. El responsable de corregir el sindiós fue Leonidas Brezhnev, un oso de cejas inmensas, muy besucón, y arquetipo de esos saurios del Kremlim que tanto intimidaban en la tribuna del mausoleo de la Plaza Roja. A juzgar por las fotos de archivo era un nadador pésimo, y se llegó a rumorear que su hija fue contrabandista de diamantes. Sus mejores anécdotas tienen que ver con el protocolo, el cual establecía que a los dirigentes de los países capitalistas había que estrecharles la mano, los del Tercer Mundo debían ser abrazados y los homólogos socialistas debían saludarse besándose en la boca. Pero Leonidas besó ardientemente a Giscard d’Estaing, presidente conservador de la República Francesa, no bien puso el pie en Moscú. Al parecer Brezhnev estaba bastante senil y creía que Francia era un país socialista, una de esas supercherías populares acerca de los gabachos que ellos mismos alimentan en sus cafés. También contaba chistes escatológicos en las comidas.


Los líderes africanos contaban cuánto había durado el beso para dirimir el grado de simpatía que sus regímenes despertaban en la nomenklatura. Si Brezhnev no te besaba era un pésimo síntoma. A Bokassa, que celebraba sus banquetes presidenciales a base de bistec de opositor, lo estuvo morreando durante un minuto. El caníbal negro siguió besuqueando al resto de la jerarquía roja. Un funcionario de Asuntos Exteriores narra cómo esperó su turno con espanto, y tuvo que apartar instintivamente a Bokassa porque este le estaba ahogando. Menuda blaxploitation. No os digo más.

Su desaparición trajo venturosamente a Andropov, kagebista elegante y guardián paradójico que alentaba la vanguardia artística desde su posición ortodoxa. Modelo de frialdades, tocado de astracán y tergal gris, comenzó como partisano tras las líneas nazis y fue jefe del KGB antes de dirigir los destinos de la utopía. Era un asceta abstemio, aficionado a los trajes elegantes y a escribir rimas hirientes sobre sus asesores. Vivió hasta el último día de su vida en un modesto apartamento de cuarenta metros. Alguien así siempre resulta peligroso a los ojos de la burguesía. A pesar de sus esfuerzos sinceros por la distensión (si alguien quiso la paz fue siempre la Unión Soviética) Reagan le caracterizó como alguien demoníaco. Y es que su lámina glacial de chekista imponía un pavor sagrado. Se dice que fue el auténtico diseñador de las reformas que luego malversaría el zote de Gorbachov. Por desgracia se extinguió muy pronto, de no ser así quizá la URSS siguiera en pie.

Andropov persiguió ferozmente la corrupción desde una gran rectitud ideológica, un adepto leal al marxismo-leninismo que nunca soportó las desviaciones que proliferaron con Brezhnev, pero accedió al poder gravemente enfermo y no tuvo tiempo de concluir sus reformas, pues una enfermedad renal le retiró temprano. Limpió las calles de borrachos, penalizó la impuntualidad en el trabajo y persiguió a quienes se ausentaban de él. Su gran error fue promocionar a Gorbachov, que sustituiría al enfisematoso Chernenko, una añosa reliquia brezhneviana. Todo estaba listo para lo peor.

El grotesco Gorbachov rindió pleitesía a la Thatcher en 1985. En Londres, dejó de visitar la tumba de Marx. Fue cuando el disidente Zinoviev predijo el comienzo de una época de gran traición histórica. Dicho y hecho. Estas cosas suelen pasar cuando se deja dirigir algo importante a un piscis. Gorby se apresuró a desmontar el estado de obreros y campesinos y a vender la propiedad estatal a una corrupta élite del partido. La URSS se desmoronó y aceptó sumisamente los dictados de la OTAN. El espectáculo fue lamentable, para qué decir nada. Gorby fue después un importante hombre-anuncio de Pizza Hut y Louis Vuitton. La utopía se había derrumbado.

5 comentarios:

Richard Sorge dijo...

Me alegra ver que vuelve a la carga, Clovis, y ponga su granito de arena en la difusión de la yugostalgie. La óptica de los germanoorientales merecía algo más de espacio. Si los chinos y sus súperelegantes y modestísimos trajes de pesado algodón azul se han quedado en el tintero es, imagino, porque tendrán un post propio sobre el potaje neoconfuciano-maoísta que se propaga por aquellos parajes. ¿Lo de los cinco de Cambridge mejor lo dejamos para otros blogs, no?

La Reina de la Entropía dijo...

Pues a mi hermana esto mismo se lo han impartido en dos cuatrimestrales, a 10 € el crédito.
Y con el Bolonia, supongo que tal grado de erudición quedará reservada a los Máster-Super-Hiper, en un posgrado de 100 horas patrocinado por cocacola en el que sólo hablarán de Gorbi;Ese ínclito laureado (que sí, que ya sabemos que hace tiempo que el Nobel de la paz es el premio al alumno más aplicado de la CIA).

Sabe Vd. que mis tiros ideológicos van por otro lado, pero admiro su bravura al dedicar tanto esfuerzo a la instrucción ajena.

Angus dijo...

Sin palabras... Un texto magnífico, monumental, literaria y gráficamente casi perfecto. Qué más puedo decirte. Por cosas así me gusta leer a gente tan buena como es tu caso. Un saludo.

La Reina de la Entropía dijo...

Clovis:

Sé que desde mi Guadiana-Blog soy la menos indicada para reclamarle a Vd ninguna frecuencia de postiseo (maravilloso palabro que, en principio, es el ruido que se hace al masticar con una prótesis dental mal ajustada,que luego pasó a designar cualquier "platillazo" emitido involuntariamente con la boca y que ahora yo, en mi vocación polisemadora voy a utilizar como sinónimo de blogear).

Sé de las indisposiciones que le afligen.

Sé de su escasa conectividad.

De todo eso sé. Ahora permítame ponerle al día:

Le han dado el Nobel de la Paz, supongo que en premio a lo bien que lo está haciendo en Afganistán.

He postiseado en AM, después de tanto tiempo.Espero ansiosa su visita.

Lorenzo se cayó a la primera de cambio en Phillip Island. Por favor, por favor, por favor...

Vuelva Vd.

dandybrandy dijo...

Gracias por la lección