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jueves, 31 de julio de 2008

Party Animal

Ya no los hacen así. Señálenme algo parecido entre el vertedero de las celebrities y me retractaré avergonzado. A mí me ganó con aquella instantánea de rabioso blinblineo y sandungueo, por utilizar la sabrosa jerga de la brown people, en la que posaba vestido de rojo, acicalado con un cinturón de balines y un bastón rociero. El dress code festivo es ahora un horror que se inspira en los macarras lifestyles de los futbolistas saliendo de Gabana. Alfonso de Hohenlohe fue un bon vivant con pedigrí (de los que se han extinguido), dinamizador de la jet, enemigo del mal gusto e inventor de una utopía de lujo y fiesta, alérgico al mármol sin pátina con que Jesús Gil forraba tardíamente la línea de playa de su caliente Biarritz personal.


Todos los motines le arrebataron algo a este príncipe austrohúngaro. Los soviéticos sus posesiones en Checoslovaquia, la revolución mexicana las correspondientes a Centroamérica. La guerra civil también menoscabó su fortuna. Pero nuestro hombre no se arredró, cayó siempre de pie y animó a los apellidos del Gotha instalarse en su rincón de sol, una salvedad de yates y jazmines. Se inventó Marbella, a donde llegó la sangre cansada europea, pero también el dinero árabe. Gotha cayó bajo la bota bolchevique, pero la Europa linajuda excitó su melanina en cambio de los valses, cambiando las perlas por los los meyba. Fue allí donde Margarita de Inglaterra comenzó su depredación sexual de carne joven. Atrajo a artistas, millonarios, princesas sin trono, magnates, estrellas de cine, hasta que la chabacanería lo empujó a la sierra rondeña. Como Luis de Baviera, que ajeno a la suciedad política se aferró a sus castillos imposibles, su escapismo recreó una Andalucía portátil con lagos de truchas, viñedos de fábula, un coto de perdices y una biblioteca culta.

«Me he mirado en los ojos de las mujeres más bellas», llegó a confesar. Y no mentía.
Este rey de la fiesta fue un duermemozas magnífico que entretuvo en sus brazos a animales como Ava Gardner y Kim Novak. De los lomos de Heidi Balzar obtuvo una criatura. Bailó con la princesa Soraya. Enumerar sus conquistas sería trabajoso, pero este playboy nunca tuvo un casamiento feliz. Su primera mujer, Ira de Fürstenberg –agraciada con el ajuar formidable del dinero de los Agnelli– se fugó con el playboy brasileño Baby Pignatari –que siempre se desplazaba en su avión privado con una vaca suiza para beber la mejor leche–. Se habían casado en Venecia, con unos esponsales de varios días, una dilatada locura similar al Sposalizio del Mare, un desparrame de lujo y dinero. Su segundo matrimonio (en Las Vegas), con Jackie Lane (¡23 años más joven!, a los hombres les gusta castigar su próstata), duró poquísimo. El tercero y último (con Marilys Haynes) acabó mal: su esposa se suicidó en su cortijo de Ronda tras ingerir tranquilizantes con la cabeza envuelta en una bolsa de plástico. El macho festejado encaraba la peor forma de abandono.

Fue además un intrépido empresario que comprendió que el dinero dinástico detenido cría telarañas y trae la decadencia a los escudos. Creó la Marbella de los 40 –hostil al colosalismo hortera de Benidorm–, llevó la Volkswagen a México y trajo la Volvo a España. Siempre se jactó por encima de todo de ser un empresario trabajador, algo que le distanciaba de esos arquetipos bronceados de hábitat nocturno. Y se hizo respetar por sus empleados: el maître de su Marbella Club era militante del Partido Comunista, y las belicosas Comisiones Obreras de entonces llegaron a otorgarle el premio al mejor empresario. La sensibilidad social puede aliñarse con la rumba.

Entre sus méritos se cuenta la divertida divulgación del pádel en España, adaptando y mejorando las normas para su disfrute por parte de estadistas liberales y clases medias prisioneras pero contentas en la urbanización.

Claro que la decadencia llegó con las hormigoneras, y tipos como Kashoggi ahuyentaron a los refinados, que vieron peligrar sus vernissages semiprivadas. Aquella piscina de Cocoon fue pasto de la horterada. Alguien como Alfonso, que antepuso el placer a la ambición, se despidió de las fiestas con mariachis. Huyó de la plaga y se encerró en su cortijo, pero la economía no debía de ser muy boyante cuando tuvo que pasar por la humillación de alquilárselo a Mari Cielo Pajares para su boda. No hay rockero feliz al despedirse, y padeció la derrota total. Los nuevos inquilinos de su Habana eran Belén Esteban y Rappel, mientras el príncipe se extinguía en soledad. Atrás quedaban los tiempos en que nuestro héroe brillaba con chilaba en el Mau-Mau.

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