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jueves, 3 de julio de 2008

El extraño caso de Eldridge Cleaver

«El precio de odiar a los demás seres humanos es rebajar el amor a uno mismo.»

Vuelven a estar de moda. Diversos grupos de recreo con vocación de margen y diseñadores de camisetas de escasa imaginación (los iconoplastas) recuperan ahora la estética de los Panteras Negras. El propio Obama coqueteó en su página web de campaña con el Nuevo Partido de los Panteras Negras, apoyo que luego declinó en atención a las normas de la corrección política. El amago y la disculpa posterior son un lujo del progresismo (a nadie convence el arrepentimiento de un facha), y Obama sabe que Sidney Poitier y el negro domesticado serán invitados antes a cenar que Shaft.



Pero esto no siempre fue así. Una mariquita dichosa del establishment como Tom Wolfe describió en Radical Chic & Mau-Mauing the Flak Catchers cómo la Izquierda Exquisita cortejó a los Panteras Negras en la animosa década de los 60, invitándola a sus salones y promocionándola. Hubo un tiempo en que las violencias capturaron el imaginario sexual de la clase media blanca.

Todo el mundo cambia menos yo, dijo una vez Eldridge Cleaver, jefe de propaganda de los Panteras Negras. Nacido el 31 de agosto de 1935 en Arkansas, su familia se trasladó muy pronto a una zona humilde de Los Ángeles donde su padre se empleó como camarero en un restaurante para coches mientras su madre trabajaba como asistenta. Muy joven se metió en problemas y fue arrestado por robo y tráfico de drogas: a los 18 añitos pasa tres en prisión por posesión de una bolsa de marihuana. Recién salido del trullo es arrestado por violación e intento de asesinato. Es enviado a la archifamosa prisión de San Quintín en California con catorce años de condena. En la cárcel se sumerge en la literatura revolucionaria: Thomas Paine, Marx, Bakunin, Lenin... los novelistas negros americanos como Richard Wright, James Baldwin o W. E. B. Du Bois y otras plumas contraculturales en boga como Mailer, Burroughs o Ginsberg. Empieza a escribir cartas a importantes personalidades literarias y consigue que el mismo Norman Mailer interceda ante las autoridades solicitando la condicional.


En 1966 es puesto en libertad e ingresa en los Panteras Negras, en los que alcanza el puesto de Ministro de Información, es decir, responsable de propaganda. Publica sus artículos y diarios de prisión en la revista Ramparts, una publicación político-literaria vinculada a la Nueva Izquierda (aunque uno de sus propietarios era el liberal proisraelí y filoconservador Martin Peretz), que gracias a su sofisticada y opulenta impresión pudo atraer a vastos sectores de audiencia inicialmente hostiles a otras cabeceras de izquierda más ásperas, llegando a alcanzar a finales de 1969 la cifra de 300.000 suscriptores. En sus textos, Cleaver reflexiona sobre literatura, racismo, violencia revolucionaria y detalla sus obsesiones sexuales, muy en especial con mujeres blancas (la alotriorastia que hoy inspira toda la gama de porno interracial: los brothas bien armados, los cockzillas y todo el repertorio de mujeres blancas hambrientas de black meat). En el 68 es arrestado durante su participación en un tiroteo entre la policía de Oakland y los Panteras Negras en el que resulta herido. Se salva de una condena al ser considerado un prisionero político. En otoño de ese año imparte un curso experimental en la Universidad de Berkeley, en California, provocando la airada respuesta del entonces gobernador Ronald Reagan: «Si a Eldridge Cleaver se le permite enseñar a nuestros hijos, éstos vendrán una noche a casa a cortarnos la garganta.» Es en 1968 cuando decide alcanzar la presidencia de los Estados Unidos al frente del Partido de la Paz y la Libertad (obteniendo 37.000 votos), pero una corte legal decide invalidar la sentencia que puso en libertad a Cleaver tras ser acusado de asalto con posterior intento de asesinato. Ante la perspectiva de una larga temporada en prisión, Cleaver decide evadirse de la justicia y abandonar los Estados Unidos, dirigiéndose a Cuba y posteriormente a la Argelia postrevolucionaria. En el documental de Klein sobre Cleaver se le puede ver paseándose por la kashbah buscando una buena navaja, una seductora viñeta para ese público blanco que abominaría al ver a un supremacista blanco eligiendo rifle en la armería.


Cleaver inicia así un período viajero muy intenso. Sus pasos de turista revolucionario lo conducen a la Unión Soviética, Vietnam y el recinto de stalinismo temático instaurado en Corea del Norte por Kim Il Sung, recibiendo en todas partes calurosas acogidas. En 1971 se produce su ruptura con los Black Panthers y se traslada a París, donde un extraño sueño tiene un efecto de poderosa revelación mística sobre su conciencia. En él, Eldridge ve representados en la luna los rostros de Mao, Castro, Marx y Engels, junto al de Jesucristo. Sin pensárselo dos veces, se convierte al cristianismo. Regresa a su país en 1975 como Cristiano Renacido –como a sí mismo se denominó Reagan, expresión del fundamentalismo cristiano inspirado en el Armagedón, una colección de exasperadas ramas soteriológicas de las iglesias evangélicas y pentecostales en EE.UU. – del que hoy se declaran partidario el 25% de los americanos. Recordemos que los born again christians son el núcleo duro del Partido Republicano. Cleaver se pone a disposición de la justicia, que lo despacha con un montón de horas de edificantes servicios a la comunidad. Su recalcitrante curiosidad religiosa lo hace cristiano renacido, mormón y seguidor del Reverendo Sun Myung Moon. Abraza también formas de furioso anticomunismo e intenta sin éxito ser nombrado candidato a senador de California. No se le ocurre otra cosa que apoyar electoralmente a Reagan, por lo que es abucheado por la sociedad de estudiantes afroamericanos de Yale. A mediados de los ochenta no sólo es un facha, sino también adicto al crack y la cocaína, vicios que le procuran nuevos problemas con la ley. «Todo el mundo cambia», dijo Eldridge entonces. Un cáncer de próstata lo llevó junto al Altísimo en 1998.


La faceta más interesante de su trayectoria, para mí, fue el osado diseño de unos pantalones de hombre –prenda joven dentro de la historia del atavío– que no se atenían a los convencionalismos. Eldridge Cleaver inventó unos pantalones revolucionarios que incorporaban un manguín en la entrepierna para colocar el miembro (o miembra) viril. Eldridge de París se permitía afirmar el machismo y rendir culto al falo, algo mal visto por el empuje de la contestación feminista, pero a un negro podía perdonársele. Evidentemente, aquella prenda fue un fracaso comercial, pero revela algunas claves del fenómeno.


De aquella movida nadie recuerda otros movimientos (Cortland Progressives, Consejo Unido para la Dignidad Negra, Nueva Thang, Adultos Jóvenes…) que definieron a su manera el Poder Negro pero que tuvieron la desgracia de no seducir a las audiencias blancas, de intimidarlas con su agresividad de diseño. Los Panteras Negras se dotaron pronto de un look fascistoide, con boinas paramilitares, cuero negro muy sexual y armas, muchas armas. Y siempre son las clases medias las primeras en caer seducidas por la coreografía marcial del fascismo. Tom Wolfe describe en su libro una escena reveladora en la universidad de San Francisco. Una profesora blanca, una intelectual progresista sin medias ni maquillaje, de zapato plano y gruesas pantorrillas (estilo Peter, Paul and Mary) lee en clase un fragmento de Soul on Ice, de Eldridge Cleaver. La mayoría de sus alumnos son hijos de la clase media blanca que visten como guerrilleros urbanos, nada de jerseys de grandes letras para zascandilear por el campus. La profesora dramatiza su lectura trasladando a sus alumnos a la celda de Cleaver en San Quintín y alzando la barbilla pensativamente al terminar su lectura. Cuando pregunta a la clase por sus impresiones, toma la palabra un alumno negro que dice:
«¿Sabe? La gente del ghetto se troncharía si oyera lo que usted acaba de leer. Ese libro no se escribió para los ghettos. Se escribió para la burguesía blanca. Los burgueses blancos son los que lo publicaron y son los que lo leen. ¿Qué es eso de “sumergirse previamente en los temas y escritos de Rousseau, Thomas, Paine y Voltaire” a que él se dedica ahí? Intente usted ir al ghetto tras algún sumergimiento previo, hablando de Albert Camus y de James Baldwin. Se troncharían. Ese libro fue escrito para hacer estremecerse a las mujeres blancas de Palo Alto y Marin County. Ese libro es la mayor porquería burguesa que he oído. Ni siquiera creo que él lo escribiera. Eldridge Cleaver no escribiría una cosa así. Creo que lo escribió una mujer pre-via-men-te su-mer-gi-da. Quiero decir que no hay que sumergir a la gente en nada previo ni prever ninguna sumergida para la gente ni incordiar a la gente con fantasías de ama de casa burguesa que sueña con que la violen en el asiento de su Buick.»

Junto a la clase obrera y el pobre honrado siempre hay una ociosa aristocracia lumpen de actitudes chulescas que vemos hoy en nuestras ciudades con otras caracterizaciones, de agresivos modales, vestidos con zapatillas y ropa carísimas, ociosos. En términos de conciencia de clase su influencia es nefasta, claro. Los Panteras Negras acuñaron un nuevo tipo de matón urbano atractivo pero contrarrevolucionario. Su culto a la violencia hizo el resto para seducir a la cultivada izquierda blanca con sus varones acobardados. Aquello fue una proyección sexual, un movimiento WASP que incluso tuvo una réplica blanca en los Weathermen.

El outro derechista de Cleaver, su paradójico mixtape, no es tan extraño, él mismo afirmó que el twist de Chubby Checker enseñó a los blancos a mover el culo, habilidad olvidada por siglos de puritanismo y de odio al cuerpo, cuyos peligros se relegaban a los negros. Así pues los negros venían a ayudar al blanco, colmando afirmativamente el cliché que este había fabricado para aquellos, una actualización de la pintura de castas contextualizada por el folclore del ghetto contemporáneo.


Todavía hoy el orgullo negro de las ciudades–selva recrea a los blancos con poder adquisitivo. Los gangsta rappers que hablan en nombre de los desposeídos inquilinos del ghetto, lo hacen para una audiencia que se compone en su mayoría de adolescentes blancos de clase media. Son los wiggers (wannabe white niger, o quiero ser un negro blanco). El gangsta rap no se arredra al emplear el peyorativo argot urbano (negratas, perras, rameras) que exaltan la violencia contra la mujer, el pandillismo o las drogas, postales de consumo recreativo que han denunciado muchos negros pero que funcionan comercial e ideológicamente, cuando hasta sus mismos protagonistas son encausados por intentos de violación o asesinato (Snoop Doggy Dog, Tupac Shakur, Flavor Flag). Muy poco aleccionador, cuando no altamente reaccionario.

Hasta el sedoso Federico García Lorca se entregó a cierta temprana blaxploitation durante su excursión neoyorquina cuando hablaba sin tapujos de los negros y su sangre sin puerta, sangre furiosa debajo de las pieles que vendrá por todas partes para quemar la clorofila de las mujeres rubias. La viñeta racista sigue a salvo, y la mirada blanca moldea esa animalidad como descrita por un explorador. Los Panteras les echaron un cable.

El viaje de Eldridge Cleaver no le llevó tan lejos.

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