jueves, 19 de junio de 2008

Dependienta de sexshop

Hola soy Millana y traigo de nuevo la introspección confesional a Mildred, vengo con las nimiedades contrarrevolucionarias para el descanso de algunos y la indignación de otros más puros.
Padezco últimamente de impudicia verbal, suelto todo lo que pienso y lo que no, he perdido el filtro, los amigos se me quejan, esto tampoco es nuevo, desde aquí pido disculpas.
Hoy contaré unas vacuidades sobre la vez que trabajé de dependienta en Sexyland, un sexshop de los de cabina, videoclub y vitrinas repletas de vaginas con asas, tecnopenes y demás ortopedias.
Esto era antes del euro, antes de que llegaran a España las elegantes jugueterías sexuales para mujeres, yo no vendía dilditos con forma de pingüinito verde ni botecitos de chocolate con pincel para aplicar. Yo vendía gordas pollas de plástico con venas, elixires calientaburras, electrodos para pezones y arneses, además gestionaba un videoclub donde no había ninguna clienta y me encargaba de que los 69 magnetoscopios que correspondían a los 69 canales de vídeo de las cabinas funcionaran correctamente.
Y eso fue durante tres meses de verano, el tiempo necesario para terminar de conseguir las pelas que me permitirían largarme a estudiar a una Escola d´Art de Barcelona , estaba llena de futuro.


El porno no me ha interesado nunca demasiado, y no había analizado bien el porqué hasta que me puse a escribir esto, quizás sea porque cuando me excito me suele apetecer tener carne humana y ajena al alcance de mi mano. Sí, soy muy práctica y prefiero recrearme en cuerpos que estén a mi alcance inmediato y eso frente al pornotube no ocurre y es frustrante. Y si no hay cuerpos amables cerca recurro únicamente a la imaginación o la memoria, onanismo evocador lo llaman. ¡Soy tan romántica!
Por eso mismo nunca me ha llamado el cine x y cuando entré a trabajar en sexyland no había visto una peli porno, a excepción de unos trozos de las que ponían en la tele local que no me llamaban la atención salvo si salían enanos, gordas mórbidas o situaciones absurdas, entonces miraba un rato antes de zapear.

Esto es, que el porno no me sirve como estimulante ni como inspiración onanística, sólo me interesaba como espectáculo de lo nunca visto y lo absurdo. Y la desnudez y los genitales expuestos tampoco me llamaban la atención, me he criado en el Cabo de las Huertas de Alicante, con un acantilado que era zona naturista y también de cruising. Cuando era niña íbamos en pandilla y con los perros a las rocas "a ver pichas y tetas" y a cazar cangrejos con cubos de horchata, la segunda actividad era la que mas excitación y grititos nos causaba.


De mi experiencia de dependienta en un sexshop salí hecha una conocedora, no una consumidora pero si una experta del medio pornográfico, incluso salí teniendo un actor porno favorito, Toni Ribas, por esa mirada suya que se ve poco en un medio donde todos los tíos ponen cara de mal cagar o de mal rollo, se muerden el labio superior, fruncen el ceño y hacen como que soplan, pero Toni is different. Y no soy la única en percibirlo.

También averigué para mi sorpresa y horror que muchísimas actrices se hacían un corte en el perineo para poder realizar ciertas prácticas y alargar su carrera. Y me contaron otras operaciones para los actores que causan más horror aún.

Si alguna vez entraste en un Sexyland y te maravillastes al ver tras el mostrador a una hermosa muchacha morena de 21 años leyendo un librito de poemas de Emily Dickinson,
(Soy nadie. ¿tu quien eres?
¿Eres tú también nadie?
Ya somos dos entonces. No lo digas:
lo contarían, sabes.
Qué tristeza ser alguien,
qué público: como un rana
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora.)
y próxima a una réplica de John Holmes la veías suspirar en los versos concentrada, evocando las briznas de hierba temblorosas, plumitas de alondra, y atar no intentes a la mariposa, una muchacha que borracha de lirismo retorcía un mechoncito de su pelo entre los dedos, sí, sí, esa joven era yo. Seguro que te enamoraste de mí, pero de poco hubiera servido que intentaras algo conmigo, habrías fracasado, yo en ti sólo hubiera visto a un PAJERO.

Y había muchos y de muchos tipos, y todos estaban observados, analizados y catalogados por mi y mis compañeros, un equipo de tenderos fantástico, una joven e intrépida lesbiana, un joven y hermoso gay y yo de joven. Sí, tan jóvenes, dinámicos, extrovertidos y liberados que jamás hubiéramos hecho ningún gesto de asombro ante tu petición del dilatador anal tamaño xxxl de silicona negra con ventosa en la base, te habríamos ofrecido dulce y amablemente el mejor lubricante del mercado, el de base de agua, el que no pica el látex, y te hubiéramos envuelto el regalo y que pase usted un buen día caballero, vuelva cuando quiera.

Con los pajeros de cabina apenas tenía ninguna relación a no ser que no funcionara la máquina de cambio, normalmente ellos iban directamente hacia el pasillo cabinero y no se acercaban jamás al mostrador de los dependientes. Tengo que reconocer que en mi absoluta inocencia me sorprendía mucho ver entrar a pajeros bellos, en mi ideal sistema de valores, en mi pardillez, eso no podía existir, sólo los contrahechos no encontraban amantes, la gente que se masturbaba era porque no tenía a quien amar. El tiempo me haría cambiar de opinión pero así de gilipollas era yo, atiende.

Era bastante joven y reconozco que contarle a la familia que iba a currar en un sitio así fue espinoso, yo insistía en que era un simple trabajo de dependienta y que los pajeros eran gente muy educada. Y era cierto, jamás en esos tres meses escuché una palabra fuera de tono, ni una insinuación, ni un doble sentido, ni un gesto de mal gusto o mala educación por parte de la clientela. Eran personas que compraban o alquilaban cosas que atañían a su intimidad y por eso mismo el trato era sobrio y respetuoso por ambas partes. Una camarera de disco-pub no puede decir lo mismo.


Las estanterías estaban ordenadas por estilos o géneros, primero estaban las Private, de guapas rubias californianas con depilación a lo mohicano, después las Edad Legal, ya saben, luego las Oma, de señoras maduras, estas pelis las alquilaban normalmente chicos muy jóvenes y tenían mucha demanda, seguían las Real o Amateur, que casi todas eran alemanas y estaban junto a las Hardcore hetero, luego venían las Tranxs, que también tenían muchísimo éxito, y el Kaviar, la Zoofilia, el SM y las aberraciones al final del pasillo, al lado de lo Gay.

Algunas de estas pelis estan entre las cosas que mas me impactaron negativamente en mi experiencia sexyland, tanto a mí como a las amigas de mi quinta que venían a la tienda a darme conversación o a pedirme condones. Eran las carátulas que yo procuraba no mirar cuando me tocaba ordenar estanterías, en serio, cerraba los ojos:

-Una de felaciones realizadas por ancianas desdentadas. En la portada aparecía una vieja muy desagradable mirando y sonriendo a cámara con la dentadura postiza en una mano y una polla flácida y fea en la otra. Me provocó pesadillas.
-Una peli de una tía que se metía bichos en la vagina, sí, bichitos de bola, babosas y cienpieses. La portada era un coño muy feo y oscuro, de estos con mucho pavo de donde salía una cucaracha, así de asqueroso.
-Una de aspecto amateur, con hooligans que golpeaban y se follaban a yonkis cadavéricas de la calle. Era alemana, era lo peor.
-Todas las de fist fucking, no les veo el sentido, no lo puedo entender.


También se vendían películas especiales por encargo de algunos clientes selectos, eran pelis que llegaban de importación completamente precintadas y que se guardaban bajo el mostrador a la espera de que viniera el interesado a recogerlas, ni idea de qué trataban, mucho misterio. Los clientes no encargaban estas cintas a los dependientes sino que trataban por teléfono directamente con el jefe.
Había un encantador señor mayor, unos 85 años, muy delgado, erguido y elegante, traje de tres piezas y exquisita educación:
-Buenas tardes, ¿ha llegado ya lo mío, señorita?
-No tengo ningún paquete para usted, lo siento.
-No se preocupe, ya volveré a pasarme si no le causa molestia, que tenga usted un buen día.
Y siempre sonriente y cortés, apreciaba realmente a este señor, ¿qué tipo de películas serían esas? Mejor no pensarlo.


Pero lo peor, lo que me impactó hasta el trauma, lo que más estupefacta me dejaba, eran las petardas de las despedidas de soltera. Venían en manada y antes de entrar ya se las oía:
"¡Entra tú primero, noooo entra tú, jijjiiji!" "Jiiiiiii, jiiiiiiiii, jiiiiiiii" "Qué fueeeeerte, tíaaa!
Y lo peor es que entraban. Y hacían un ruido como de cerdas en un matadero, resoplaban, bramaban, se agolpaban y tropezaban entre ellas, y reían con gritos hiperagudos, eran monstruosas.

Lo que compraban era peor, ¿cómo un ser humano puede voluntariamente colgarse del cuello un recipiente con biberón de polla y verlo divertido? Cuanto más humillante y vejatorio era el artículo más gracioso lo encontraban: cascos vikingos con pene de peluche en vez de cuernos, sombreros vaqueros con estampados de vaca y pene, por supuesto, de peluche otra vez, penes de peluche a secas, con grandes sonrisas pintadas, chupetes gigantes con pene, esta vez de goma, para poder chupar y aberraciones de esas.

Eso sí, yo de alguna manera me vengaba y/o divertía. Con la mejor de mis sonrisas intentaba colarles la máxima aberración que era siempre la más cara: el enorme sombrero mexicano con purpurina, lentejuelas y polla de peluche king size en la copa, "Mirad qué gracioso, chicas, esto no pasará inadvertido ¿eh?, je je". Y las cerdas a veces lo compraban, mis jefes estaban encantados.

Que alguien me desvele el misterio de las manadas de tías en las despedidas, ¿por qué lo hacen? Imagínatelas, con esos sombreros, los gritos, esos biberones, y los boys.

Esto no tiene mucho que ver con mi batallita de ex-tendera de sexshop pero tengo que expresarlo o reviento:
Que a mí me dan mucha pena los Boys. Más que los caballitos ponis. Me dan lástima sus pichas amoratadas por esa goma que se ponen en la base para morcillonársela, cockring se llama.
Y me conmueven esos bailes tan bobos con movimientos pélvicos indignos, y sus mañanitas en el gimnasio con el gatorade y la toallita, y en la ducha afeitándose el culo con la gillete y con sus granitos de pelos enquistados, las pectorales tan hinchados que obligan a los pezones a mirar con tristeza hacia abajo, y sus muequitas martini frente al espejo y sus noches dejándose sobar por señoras que gritan como hienas. Esa marabunta de suegras y cuñadas histéricas que parece que no han visto una polla en su vida y les asalta un instinto lactante e impúdico que no es de recibo, que indignidad señoras, qué poco recato.
Y esos uniformes que me llevan los boys, ay. Me imagino el cajoncito de la cómoda donde el boy de turno guarda sus tanguitas de vinilo dobladitos y me pongo a llorar. No me invitéis jamás a un show de estos si me queréis un poco, matadme antes.



Y bueno, no me acuerdo ahora de más cosas. Bueno sí, que las bolas chinas no se vendían casi nada, que los dildos gigantescos sólo los compraban hombres, ya sea para su uso propio o para usarlos con las parientas, que las tías sólo compraban vibradores, núnca consoladores y además de tamaño tirando a pequeño, o huevitos masajeadores de goma, esto puede crear suspicacias porque confirma la teoría de Freud de que las hembras somos sexualmente inmaduras.

También que la ropa interior erótica que se vende en estos sitios es de pésima calidad. Que los lubricantes salen más baratos si los compras en la farmacia, que los condones de sabores no triunfan y que hay hombres, más de los que te imaginas, que creen que los elixires calientaburras funcionan y los compran para echarlos en la bebida de las tías, y que sólo contiene agua con cafeína o taurina pero que de ilusiones también se puede vivir.
Que currar en Sexyland era mucho mejor que currar de teleoperadora, que se podía leer.
Y ya está, fin de la batallita, gracias.

martes, 17 de junio de 2008

Cuando el dinero no importa

Ahora que la honrilla nacional se dirime simbólicamente en los estadios de la Eurocopa, donde naciones culturalmente homologadas, apenas distintas unas de otras, trasladan a una contienda deportiva la posibilidad misma del mito, de la identidad, del sentido que escape de la igualdad algebraica a la que las empuja la norma económica, me ha venido a las mientes el recuerdo de un futbolista extraño: Matt Le Tissier.

Aunque en lo que atañe al fútbol inglés mis simpatías siempre han estado con las urracas de Newcastle –un club de palmarés opaco, que perdió el lustre en los años veinte pero que tiene el honor de haber criado al magnífico Peter Beardsley–, siempre admiré el talento de Le Tissier, un delantero del Southampton que vestía una camiseta rojiblanca parecida a la de mi querido Atlético. Canal+ nos regalaba los highlights de la liga inglesa en los 90, una década de aburrimiento tenebroso. En ellos, casi siempre se recogía la realización inverosímil que nuestro héroe había despachado en el último fin de semana. Entre los atletas mediocres, las nulidades obedientes, los defensas con decenas de dientes postizos y los fondistas dynamo de la medular, emergía siempre la figura de aquel delantero alto, con aire de torpe, un asomo de barriga y el número siete a la espalda. De alguna forma se las arreglaba para ajusticiar con maestría a los porteros, con un repertorio de goles bonitos de los que casi ningún delantero puede presumir y con los que su equipo intentaba escapar del ahogo, salir de los últimos puestos de la clasificación.

Nacido en Guernsey, un paraíso fiscal en forma de islita del canal de La Mancha, la máxima aspiración de Le Tissier fue militar en las filas de su equipo de toda la vida, uno de esos modestos de escaso presupuesto a los que no se invita para las grandes ocasiones, con domicilio en The Dell, un estadio destartalado proyectado por Archibald Leitch. Allí empezó y concluyó su carrera.

Este francotirador de lujo anotó más de doscientos goles, algunos milagrosos, a lo largo de su carrera. Sólo falló un penalty de los cincuenta que lanzó. Cómo olvidar el gol a la media vuelta al Arsenal en la frontal del área, el gol al Wimbledon elevando la pelota con el empeine tras el saque de una falta, aquella galopada desde el centro del campo que concluyó con un lejano disparo que entró en la portería del Blackburn Rovers o esa otra pieza de orfebrería que completó ante el Newcastle, con un control de espuela, una medido autopase y un sombrero que remató con un ajustado disparo. Vean aquí estas y otras maravillas:




Se sabe que el Chelsea le ofreció dinero suficiente, mayúsculo, para haber resuelto la vida de sus hijos. Le Tissier nunca contestó a la oferta, dijo que él no valía tanto. Y siguió marcando goles para su modesto equipo.

La sufrida hinchada le rebautizó como Le God, un dios de feos dientes separados, tan sencillo que consideraba más justo ser conocido como The Fat, el gordo, por su afición a las hamburguesas y el chocolate. Solía decir que bebía tanta cerveza que a veces le pesaba el culo. El talento futbolístico de aquel genio era codiciado por los equipos grandes, que una y otra vez intentaban sin éxito contratar sus servicios. Rechazó las ofertas de Arsenal, Milan, Liverpool, Lazio, Olympic… hasta Jesús Gil intentó ficharle.


Hoy, cuando cualquier jugador de talento abandona a los suyos para ganar dinero o fama y nadie persevera en el amor a los colores; cuando el culto al dinero y el éxito personal se ha instaurado en todas partes, resulta más encomiable el antiejemplo de Le Tissier, uno de esos héroes que pertenece al linaje de los tímidos pero que tienen poco o nada que ver con los encantadores ceros a la izquierda descritos por Walser. Nunca concursó por las ridículas medallas –qué meta tan pobre– y puso del revés la gramática del oro, con ese ensimismamiento de los grandes, la obra hecha sin énfasis y esa valentía de una vez por todas, más biográfica que coyuntural. Él se dedicaba a derrotar a los grandes al borde del abismo. Sus proezas acontecían, sí, en el escenario pobre del Victorian Former Ground, un estadio desportillado cuyo inquilino estaba acostumbrado a pelear por evitar el descenso. Sus goles derribaban cada sábado las almenas de oro de los equipos arrogantes. Matt no encontró mayor placer que juntarse con los suyos para pasárselo bien, una de sus frases resume su filosofía: «no estamos aquí por mucho tiempo, pero vamos a pasar un buen rato

Le Tissier pertenece a la estirpe de John Ruskin o William Morris, esos estetas que creían en la socialización del arte como medio de embellecer el mundo, afeado por la industrialización. Sus goles eran los rubíes de la espada en el cuento de Wilde, con los que el Príncipe Feliz aliviaba las duras condiciones de vida de los pobres. Matt estuvo siempre al lado de los suyos. Los apetitos son más crueles en las plateas de los ricos.

No ganó cántaros de peltre sino el corazón de unos miles. En la esquina alabeada de esta página me gustaría grabar lo siguiente: ars et labor. En las volutas de sus versales se disfraza el lomo de un unicornio, semiescondido entre un arbusto carminativo cuya infusión purga al bárbaro que lo encañona.

viernes, 13 de junio de 2008

El banner de Joako


Estamos locos de contentos, es hora de que Mildred saque brillo a las primeras medallas. Nos miran y no hay por qué disimular que nos gusta, más nos tendrían que mirar. En esta ocasión hemos sido homenajeados por Joaquín Secall (AKA la Tira y la Gamba Negra), un ilustrador de éxito.


Derrocha estilo y nos ha regalado un poco. Entre sus méritos se cuenta la letra mas trendy del himno español.


En sus inspirados ratos libres regenta ese enloquecido Reality Blog que es Supermoderno2008 (saca tiempo Joako, por lo que tú más quieras), pincha aquí:
Azote de escaparatistas, estilistas de Free Nasti y H&M, Joaquín Secall nos regala su ironía semanalmente en el EP3. No se pierdan al acongojado Arias Navarro (el primer nerd mediático) informándonos de las tendencias, su Coolhunter de 50 pies, o la sátira devastadora de la kefiyah, la servilleta de Arafat que ahora decora el buche de tanta moderna errada. Nos hace mucha falta un humor inteligente como el suyo, su malicioso ejercicio de détournement. La crítica social no tiene por qué ser un coñazo y él demuestra que puede acompañarla una risa mandibular. Nos hace falta.

Y mírale qué riquín es: